viernes, 9 de febrero de 2018

¿La vieja política?

En el ámbito público existen diferentes maneras de ejercicio político, que nada tienen que ver si se trata de vieja o nueva política.
Quizá deberíamos preguntarnos ¿cuál vieja política? En términos generales no existe ni vieja ni nueva política. Hay buenos y malos políticos, políticos honestos y políticos marrulleros. Punto. Para qué darle tantas vueltas al asunto.
La política es concomitante a la historia del ser humano. El hombre, en sí mismo, es un animal político, característica que le ha permitido buscar y ejercer el poder como una manera de realizar cambios en su entorno cultural, social y económico. De esta forma, la política está íntimamente ligada al poder, cualquiera que sea su expresión. Se ejerce política en el poder económico, en lo religioso, deportivo, académico. Incluso, se ejerce política en el núcleo familiar. ¿Acaso usted no ejerce su cuota de poder como padre o madre, o como hijo, nieto, tío, abuelo?
Existen muchas definiciones de política. Algunos indican que es el arte de crear consensos; el arte de gobernar; el arte de tomar, mantener o debilitar el poder. Otros dicen que política es el arte de transigir, de negociar (en el buen sentido del término). También se dice que en política no hay nada escrito, toda vez, que está ligada a las pasiones, aspiraciones, necesidades, intenciones y creencias que los seres humanos tenemos frente a la vida pública y también a nuestro ámbito privado.
En el ámbito público existen diferentes maneras de ejercicio político, que nada tienen que ver si se trata de vieja o nueva política. Alrededor de esta visión surgen los más encarnizados debates, y muchas veces, un sinfín de argumentos sin sentido.
Como puede verse este fenómeno es que, por un lado, existe una clase de políticos que han hecho del poder público su mina de negocios personales, transas ilegales, corruptela desenfrenada, equivocado ejercicio de la cosa pública para su propio beneficio. Si a esto se le llama vieja política me parece que es meter a todo el mundo en un mismo canasto, y eso no es justo. A través de la historia humana, han existido políticos de esta calaña, pero también han florecido hombres y mujeres dignas de respeto y admiración por su conducta recta, sus principios éticos y morales dignos de imitar.
Hablar de vieja y nueva política es abordar el problema en forma simplista; y en este error de generalización se puede caer en un terreno pantanoso que no lleva a identificar los verdaderos problemas de un inadecuado ejercicio del poder público. Nadie puede asegurar que un político nuevo desempeñará sus funciones de manera cristalina y honesta porque esto está en el fuero de cada uno, según sus patrones de crianza, sus principios éticos y morales y su formación ciudadana. 
Me parece que lo que está en evidencia es que vivimos en un mundo decadente, en donde se ha perdido todo sentido ético y compromiso ciudadano en el ejercicio de la cosa pública. Una sociedad individualista en la que prevalece el interés personal por sobre los intereses colectivos; cada uno ve el derecho de su nariz, importándole un bledo los demás.

viernes, 2 de febrero de 2018

La política: arenas movedizas

Por supuesto que no debe tomarse a la política como algo inadecuado y poco recomendable.

En política, no hay nada escrito. La política es una página en blanco, cuya escritura a veces está calzada a sangre y fuego. Y si bien es cierto, se le define como el arte de gobernar, es más bien, el arte de lo imposible. En Guatemala esto es particularmente cierto, sobre todo en los últimos años, en los que “Se ha visto a muertos acarrear basura”, como bien dice el refrán popular.
De todas las actividades humanas, la política es quizá el telón que cada día anuncia una nueva obra, un nuevo espectáculo, un nuevo juego de roles e intereses; al punto que se le compara con arenas movedizas que, si no se sabe caminar sobre ellas, al menor movimiento nos hunde hasta el cuello, e incluso, nos elimina el aliento. Después de un buen remezón de estas arenas, el olvido se cierne como una enorme lápida.
En el escenario que se ha pintado en nuestro país a partir de los acontecimientos políticos que movieron el espectro nacional, ya nada ha sido igual. La vieja política, por cierto, se ha visto penetrada por nuevos modelos de ejercer el poder público, con actores que hasta hace pocos años no eran visibles, o carecían de peso en los diversos espacios de participación. Los viejos políticos, otrora caciques en sus respectivos departamentos, timoneles de estructuras partidarias que movían masas, han ido visitando, uno a uno, el banquillo de los acusados, en una suerte de danza macabra que pone fin a privilegios y desnuda los finos tinglados de influencias personales en el ejercicio de la cosa pública.
No viene al caso citar nombres y apellidos; conviene más bien, centrar nuestra atención en los procesos de persecución, captura, juzgamiento y penalización de aquellos delitos que por muchos años eran un secreto a voces, pero nadie se atrevía a desnudar, por temor a represalias.
La institucionalización de la justicia como bandera de fortalecimiento democrático, sin duda ha dado buenos resultados. Y si bien es cierto, podrían darse algunos casos en los cuales se haya dado algún exceso en el proceso de perseguir, juzgar y castigar a los supuestos infractores de la ley, es indudable que el balance es positivo y hoy se cuenta con mejores herramientas de aplicación de la justicia, aunque no sea ni tan pronta, ni tan cumplida.
Por supuesto que no debe tomarse a la política como algo inadecuado y poco recomendable. Es, en esencia, un espacio de participación ciudadana que, bien administrado y correctamente ejercido, llena de méritos a los políticos y contribuye a formar una sociedad con mayores niveles de intervención en la cosa pública. No se trata de abstenerse de hacer política, por miedo a ser señalado de actos anómalos. Se pretende que, quien la ejerza, anteponga sus intereses personales y económicos a la razón primaria de esta: el bienestar ciudadano.
Si usted es un político justo y honesto seguramente no caerá en arenas movedizas y atravesará el pantano con la blancura de una flor de fango.

viernes, 26 de enero de 2018

Agentes contaminantes

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Tenemos el derecho de exigir que no se contamine la mente de nuestros hijos con mensajes que atentan contra su estabilidad emocional.

La contaminación ambiental se produce por diversas causas. Existe contaminación por basura, por quema de combustibles fósiles, por saturación vehicular.  En la ciudad capital los niveles de contaminación auditiva son muy altos, a tal grado que muchas personas comienzan a padecer de sordera. También existe contaminación visual producida por la excesiva publicidad en la vía pública. Tenemos problemas en el manejo de estos agentes contaminantes, no obstante los esfuerzos que las autoridades realizan por disminuir su efecto.

Pero hay un agente contaminante al cual no se le ha puesto atención: la excesiva publicación de notas con ponzoña y enfoque morboso. Esta contaminación es letal para el equilibrio emocional de la ciudadanía, especialmente los niños y jóvenes, expuestos a las redes sociales y a medios de comunicación digital. Son un asesino silencioso de la mente.

Existen medios de comunicación que han rebasado los cánones éticos y profesionales en la difusión de notas informativas con una alta carga destructiva; no se tientan el alma para hacer pedazos el prestigio de los demás por el solo delito de haberse convertido en personajes públicos. Aducen que una persona pública no tiene vida privada. Nada más alejado de la verdad. No es un acto mecánico que el hecho de convertirse en personaje público lo convierta en delincuente.

El problema principal radica en que se está saturando a la niñez y la juventud con toneladas de mensajes de contenido negativo, violento, manipulante y lleno de lenguaje soez, que, de tanto repetirlo, va moldeando la psique de esta población vulnerable. Tampoco escapan los adultos, especialmente quienes no poseen buenos niveles de desarrollo educativo, lo que los hace víctimas de estas estrategias discursivas.

No quiero indicar con esto, que se encubran actos ilícitos cometidos por algunas personas, tanto quienes ejercen función pública como aquellos que se desempeñan en actividades privadas. Pero existe un andamiaje jurídico diseñado para cumplir  con perseguir, juzgar y castigar los delitos cometidos. Muchos medios han asumido el rol de juzgadores, sin tener las competencias legales para ello y cuyos líderes de opinión son productores de altos niveles de información contaminante.

Tenemos un ordenamiento jurídico que establece faltas y delitos contra la información manipulada, pero son letra muerta, en virtud que se le tiene un temor a estas voces que no construyen, sino destruyen los valores de nuestra sociedad, bajo el pretexto de la libertad de expresión.


Como sociedad, tenemos el derecho de exigir que no se contamine la mente de nuestros hijos con mensajes que atentan contra su estabilidad emocional. ¿No sería sano ingresar a las redes sociales y leer mensajes positivos sobre cómo superar nuestros problemas de diversa índole? De ser antros de la infamia, la manipulación y el descrédito sin razón, los medios deben ser santuarios de la verdad y la construcción de una sociedad responsable y feliz.

viernes, 19 de enero de 2018

Ileana Alamilla

Fue defensora, hasta su muerte, de los derechos fundamentales de los periodistas y de la ciudadanía en general.

Conocí a Ileana Alamilla en la flor de su adolescencia, en Chiquimula, en una visita que ella y su entonces novio, Adrián Zapata hicieran a esta tierra oriental. Era una hermosa muchacha, alegre, cariñosa y buena conversadora. De esto han transcurrido casi cincuenta años.
Más tarde, ya radicado en la capital, la vi muchas veces, antes y después del conflicto armado. Siempre junto a su esposo que, como dos gotas de agua, se habían fundido en ideales revolucionarios y en una conciencia social a toda prueba. Procrearon en ese clima de inestabilidad política, tres hermosos hijos: dos varones y una hembra.
La violencia extrema de los años setenta los hizo exiliarse en México. Desde ese hermano país, Ileana libraría una batalla constante, desde su trinchera de periodista, en favor del proceso de democratización de Guatemala. Recia de personalidad como era, luchó contra molinos de viento, contra fuerzas oscurantistas, contra un régimen de control total de la población, con tan solo el arma revolucionaria de su pluma; aquella pluma que este miércoles 17 de enero reposó para siempre en el tintero de la eternidad.
Al frente de Cerigua, la agencia de noticias sobre Guatemala en el exilio, Ileana hizo su más fructífero aporte periodístico que divulgaba al mundo, aun antes de que existieran las redes sociales, lo cruento de la guerra interna. Generó una red de comunicación alterna a la prensa nacional, dando cuenta de los enfrentamientos armados entre el Ejército y la guerrilla, así como de las violaciones a los derechos humanos en el país. Su voz se hizo sentir a lo largo y ancho del mundo, con su timbre valiente, directo, claro y decidido.
A su retorno a Guatemala luego de la firma de la paz, trasladó la agencia de noticias al país y comenzó una concienzuda labor de defensa al periodista, sin distingos de ninguna índole. Se interesó en monitorear los casos de violación a los derechos de los comunicadores, tanto desde sus espacios de opinión en medios nacionales y extranjeros como mediante boletines específicos, hubo denuncias contundentes que muchas veces hicieron retroceder las malvadas intenciones de sectores oscuros.
Dejó de lado su carrera de abogada para convertirse en comunicadora. Se graduó de licenciada en periodismo en la Universidad de San Carlos. Allí tuve el gusto de estrechar aún más nuestros lazos de amistad, misma que perduró durante todos los años subsiguientes. Como estandarte de la libertad de prensa, Ileana desempeñó tres veces el cargo de presidenta de la Asociación de Periodistas de Guatemala. Fue defensora, hasta su muerte, de los derechos fundamentales de los periodistas y de la ciudadanía en general. 
En su cuenta de Twitter Felipe Valenzuela apuntó: Los grandes y hermosos ojos de Ileana Alamilla seguirán viendo por los periodistas, desde el sitio que su alma elija para continuar el viaje.
Gracias Ileana, por tu sincera amistad y cariño. Que en paz descanses, amiga.

viernes, 12 de enero de 2018

Gente ayudando a gente

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Generaciones adultas comprometidas con niños y jóvenes, en el ciclo hermoso de la transferencia de saberes.

El gran secreto del desarrollo humano ha sido, sin lugar a duda, su enorme capacidad para trasladar a las siguientes generaciones, no solo su acervo biológico y genético, sino también sus experiencias de vida como seres sociales. En efecto, nuestros hijos son el resultado de la herencia genética de generaciones pasadas, pero al mismo tiempo, reciben todo el bagaje que el padre y la madre han ido incorporando debido a sus actividades habituales, tanto en lo intelectual como en la cultura en general. De allí que cobra mucho sentido aquella frase coloquial que afirma que los hijos salen corregidos y aumentados.

Tal reflexión está motivada por una experiencia reciente en el sistema educativo nacional. Resulta que en días pasados acompañé a mis nietos a comprar sus útiles para el presente ciclo escolar en el colegio donde están inscritos. Mientras la madre de ellos se ocupaba de realizar los trámites para la adquisición de la larga lista de libros, cuadernos y demás enseres que usarán en sus estudios, me puse a observar aquellos rostros compungidos, angustiados, nerviosos, presurosos, pero altamente comprometidos de los padres de familia, quienes, junto a sus retoños, procedían a realizar tales compras.

Los hijos, por su parte, se miraban seguros, entusiasmados y optimistas, tomados de las manos de sus padres, realizando este acto hermoso de transferencia de roles, que, sin duda, les permitirán ocupar una posición en la sociedad como personas de bien. Estoy seguro de que, ellos a su vez, llegado el momento, desarrollarán este mismo rol de padres responsables frente a sus futuros hijos. Y aunque existen muchos casos de progenitores irresponsables que no piensan en el futuro de sus proles, la verdad es que es muy esperanzador observar el nivel de entrega de quienes, a base de privaciones de diversa índole, ahorran hasta el último centavo para sacarlos adelante.

Este fenómeno en términos macrosociales no es más que gente ayudando a gente. Generaciones adultas comprometidas con niños y jóvenes, en el ciclo hermoso de la transferencia de saberes, conductas y comportamientos. Nada más promisorio y elocuente que ver a un padre de familia, contar con sus dedos temblorosos aquellos billetes que van saliendo de sus tímidos bolsillos y los entregan como un acto de amor a cambio de una bolsa de útiles, seguros de que en esta se compromete el desarrollo de sus hijos.


Pienso que, así como algunas aves enseñan a volar a sus crías lanzándolas al abismo, los seres humanos en cambio utilizan un lento y sofisticado proceso de formación de capacidades en sus descendientes. Y si a veces median algunos latigazos y nalgadas por parte de los padres, esto sea quizá como una manera de canalizar la frustración por alguna meta no alcanzada y no por falta de amor. Creo que una buena parte de los seres humanos prefieren no comer por dar a sus hijos los medios más elementales para salir adelante. Muchas gracias gente hermosa.

viernes, 5 de enero de 2018

Recuerdos de antaño

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Después de más de cincuenta años, vienen a mi memoria aquellas estampas y no puedo dejar de compararlas con los tiempos que se viven actualmente.

Hace más de cincuenta años, en mi recordada Bananera, donde transcurrió parte de mi niñez, teníamos una manera muy peculiar de festejar las fiestas navideñas. Habitábamos, por cierto, las viviendas más populares que había construido la compañía bananera para sus mozos, llamadas Yardas. Eran construcciones de madera rústica de pino con cuartos grandes montados sobre pilones de concreto, simulando un segundo nivel. Allí convivíamos ocho familias, una por cuarto. Daban permiso para que, a nuestra costa, se construyera otra habitación en la planta baja. A estos cuartos los llamaban cusules. Al frente había igual número de cocinas individuales.

Mis padres, mi hermano menor y yo habitábamos uno de esos hogares. A la par vivía una familia cuya hija adolescente me gustaba mucho; nos habíamos hecho medio novios. Nos levantábamos a las cinco de la mañana a elaborar nuestro desayuno antes de ir a la escuela. A través de un hoyito fabricado en la pared nos mirábamos y conversábamos. Era algo así como un cuento de hadas y príncipes, viviendo en un barrio paupérrimo. De algo estoy convencido: la felicidad no la da el dinero, se construye con nuestras actitudes de vida. Como cualquier cuento de hadas, vino un príncipe malvado y me arrebató a mi princesa. Un luto inmenso albergó mi corazón. Comencé a escribir poesía, hábito que aun cultivo.

Nos trasladamos a otra vivienda que ofrecía mejores condiciones. Allí tuve como vecino a un amigo, adolescente como yo, con quien entablamos una buena amistad. Con este vecino hacíamos apuestas a ver quién elaboraba el mejor árbol de Navidad. En los días previos nos íbamos al monte y cortábamos el mejor árbol seco. Le quitábamos todas las hojas hasta quedar solo con las ramas. Luego lo pintábamos de plateado. Acto seguido, comprábamos bricho de colores, vejigas y algún juego de lucecitas baratas. No podíamos darnos más lujos.

Nuestra receta secreta era que colocábamos sobre sus ramas, las tarjetas navideñas que nuestros amigos nos enviaban. Las coleccionábamos y hacíamos la apuesta a ver quién juntaba más. A decir verdad, yo siempre le ganaba la apuesta. Pero hubo un año en que lo encontré comprándolas en la tienda, él no se percató de mi presencia. Por la noche lo visité y me di cuenta de que tenía puestas las tarjetas con mensajes adulterados. No le dije nada. Dejé que me ganara; total, era solo un juego de niños. Debo confesar que nunca he sido creyente, así que aquellas fiestas navideñas eran para mí, solo una ocasión para convivir con mis amigos y vecinos. Nada más.


Hoy, después de más de cincuenta años, vienen a mi memoria aquellas estampas y no puedo dejar de compararlas con los tiempos que se viven actualmente, donde la vorágine del consumismo nos ha calado hasta el tuétano. Por ejemplo, las preciosas tarjetas navideñas que eran verdaderas obras de arte, ya son cosa del pasado. Toda la cultura está digitalizada: tarjetas, canciones, abrazos, aplausos, amores. ¡Snif! ¡Snif!

viernes, 22 de diciembre de 2017

Las dos maletas



Si queremos cosechar mañana, debemos sembrar hoy; esa es la dinámica del mundo.

Tengo dos maletas. Una es vieja, raída, desvencijada e inservible. En ella guardo mis promesas no cumplidas, mis sueños rotos, mis penas y pesares, mis alegrías pasadas, mis conquistas y mis luchas no ganadas. Es la maleta que un día habré de sepultar en lo más profundo del pasado y le diré adiós como se despiden las cosas que nos desgarran el alma. Es el equipaje que no precisa reparación, y se va, como se extinguen todas las cosas en la vida. De este equipaje conservo solo los recuerdos gratos que me ayudaron a ser un mejor ser humano. El resto es basura. 2017 es su marca.
La otra maleta es nueva, prometedora, reluciente, vacía de realizaciones, con una agenda en la que están impresas las cosas que debo realizar para alentar nuestra existencia.Esta maleta se irá llenando de cosas buenas, promesas por cumplir, sueños por realizar, sacrificios por intentar para conseguir mis metas, lágrimas que llorar para sanar mis viejas heridas, alegrías que tejer con buena voluntad de ser hoy mejor que ayer, y mañana mejor que hoy. 2018 es su etiqueta.
Al final de la jornada de 365 días, todos tenemos en la bifurcación de los caminos estas dos maletas. Podemos continuar con nuestro viejo equipaje, y prolongar la tragedia de nuestra vida, nuestros caminos torcidos, acariciando con una actitud de masoquismo nuestros fracasos y nuestro dolor a cuestas, o bien, coger la nueva valija y comenzar a acomodar en ella las prendas que nos cambien la existencia: nuevas promesas que cumplir, nuevos proyectos que ejecutar, nuevos retos que enfrentar. No olvidemos colocar en ella las recetas del amor, la tolerancia, la cooperación, el respeto, la dignidad y la alegría por vivir.
Uno de los hermosos poemas de Amado Nervo indica que: “porque veo al final de mi rudo camino/que yo fui el arquitecto de mi propio destino/ que si extraje la hiel o la miel de las cosas/fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas/cuando planté rosales/coseché siempre rosas. El poeta tiene toda la razón. Los seres humanos somos el resultado de nuestros actos. No podemos cosechar lo que no hemos sembrado. Si plantamos semillas venenosas, obtendremos al final de la cosecha, plantas y frutos venenosos. 
El esfuerzo diario, el aprovechamiento óptimo de las oportunidades que la vida nos presenta, la determinación de avanzar un escalón más en la empinada senda de nuestras realizaciones, las relaciones positivas que establezcamos con parientes, amigos y socios, son, entre otros, los factores que nos ayudarán a rellenar nuestra nueva maleta, la cual se abrirá como un tesoro el último día del 2018. Si queremos cosechar mañana, debemos sembrar hoy; esa es la dinámica del mundo.
Y cuando sintamos que no hemos avanzado, que nuestros esfuerzos han sido en vano, detengamos la marcha y veamos hacia atrás el tramo recorrido, y recarguemos nuestro espíritu para caminar el trayecto que nos falta.
A mis estimados lectores y amigos les agradezco el favor de su atención siguiendo mis columnas semanales.
Aprovecho para desearles felices fiestas de fin de año, y desearles un 2018 lleno de oportunidades para cumplir sus propósitos familiares, profesionales y sociales.

Poema: LAS RANAS Y LOS GRILLOS

El periodista Carlos Enrique Morales Monzón produjo esta versión de mi poema Las ranas y los grillos. Se los dejo