viernes, 29 de noviembre de 2013

El recurso de la mentira

La mentira perdura hasta que la verdad aparece.


¿Alguna vez ha sentido usted que su prójimo le miente? ¿Alguna vez se ha sentido incómodo ante halagos innecesarios de alguien? Seguramente está siendo presa de una mentira.

Goebels, uno de los grandes maestros contemporáneos de la propaganda política, partía del principio de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. En este principio han basado muchos líderes su fórmula discursiva. Algunos lo han logrado con singular maestría, otros han construido una verdadera caricatura de esta estrategia.

Carlos Castilla del Pino recoge una serie de ensayos bajo el título El discurso de la mentira. En este tratado se analiza la mentira como una estrategia de engaño y manipulación, con el propósito de influir en sus opiniones y comportamientos.

Hay varias formas de canalizar la mentira. Aquí nos referiremos a las más recurrentes: desde el lenguaje y en el lenguaje, desde la lógica de la conversación, desde los aspectos normativos, desde la cortesía, entre otros.

Desde el lenguaje y en el lenguaje, la mentira es aquel discurso que, a veces sin proponérnoslo, acude a frases hechas, sin comprobación en la realidad, las cuales han pasado de generación en generación. Desde la lógica de la conversación acudimos muchas veces a las ya conocidas falacias, aquellos argumentos elaborados intencionalmente para influir en el ánimo de los demás, pero sin sustento real. Hay falacias adhóminem, admisericordian, adpopulum y muchas más que no cabrían en este espacio.

Y qué decir de la mentira normativa.Esas que están enquistadas en normas y manuales, las cuales nadie se ocupa de analizar, simplemente las siguen como un perro de ciego. Y por supuesto, desde la cortesía, la mentira es moneda de curso común. Simplemente se utiliza como una manera de agradar, o bien, de ocultar los verdaderos sentimientos.

Mas, como bien sentencian Perelman y Jankélévitch: “La mentira, como la limosna, aplaza el problema sin resolverlo”. En todo caso, la mentira perdura hasta que la verdad aparece. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Las pruebas discursivas

Publicado el 22 de noviembre en el Diario de Centro América

Hay personas que son un discurso en sí mismas.


Nada es más estimulante que un buen discurso. En la Historia han sobresalido brillantes oradores, capaces de movilizar masas y trascender los tinglados de su época, remontarse hasta las alturas y permanecer allí, quietos, reposados, como un banquete que se ofrece a los más delicados gustos de la palabra hablada y escrita.

Hay discursos kilométricos, como los pronunciados por el ícono del discurso político latinoamericano: Fidel Castro. Hay discursos muy cortos, como la famosa oración de Gettysburg, pronunciada por el presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln. Ambos estilos ponen la piel “de gallina”. Claro está, en el caso de Castro, imprime un sello integral de su personalidad, aunado a un refuerzo no verbal de sus gestos, su vestuario, su longeva barba, entre otros elementos.

Hay personas que son un discurso en sí mismas, como la madre Teresa de Calcuta, o Ghandi, o Martin Luther King. Hitler también es considerado un discurso en sí mismo. Por supuesto, algunos irradian humildad, otros, prepotencia, arrogancia. Jesús convocaba a miles de personas, en una época en que el único recurso que se tenía era la palabra hablada.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. En teoría discursiva, no todo lo que se dice puede ser considerado como un buen discurso. Aristóteles decía que este debe pasar tres pruebas importantes, el logos, el phatos y el ethos. El logos está definido como la argumentación racional, crítica, demostrativa. El phatos, como la carga emotiva, afectiva, capaz de predisponer a la acción. Por último, el ethos, es decir, que todo cuanto se diga esté impregnado de valores éticos.

Estos tres factores debieran estar presentes en todo tipo de discurso, desde el religioso hasta el político. En el contexto guatemalteco se ha convertido en una práctica bastante común que, al menos en el campo político, la mayoría de discursos reflejan una considerable carga emotiva (phatos), pero una ausencia casi total de ethos.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Índice de vulnerabilidad política

Publicado en Diario de Centro América el 15 de noviembre de 2013


Cada cuatro años es borrón y cuenta nueva.
El ejercicio del poder engendra, asimismo, los oscuros mecanismos que los grupos opositores a una fuerza política aplican para su desprestigio y posterior debilitamiento. Este fenómeno es común en cualquier Estado, desde uno autoritario hasta uno democrático. Con ligeros matices, un grupo en el poder puede sortear los diferentes obstáculos que se le plantean para gobernar, pero de ninguna manera saldrá con el mismo nivel de aceptación con el que inició su gestión.


El poder desgasta; y cuando se ejerce de manera torpe, mata, aniquila. En el contexto guatemalteco cada grupo político que ha ascendido el pináculo del poder, ha incubado consigo, los mecanismos de su autodestrucción. Quizá esa sea la causa que en promedio nuestras organizaciones políticas tengan apenas 15 años de vida. No son premoniciones; son la evidencia de los datos electorales.


¿Pero qué hace vulnerables a las organizaciones políticas una vez en el poder? Pueden señalarse varias causas de este fenómeno. Una de las más evidentes es que, generalmente, el líder de la organización política es quien a su vez ocupa la silla presidencial. Y junto a él, lo más granado del equipo dirigente del partido. En otras palabras, dejan sola la portería para que les metan los goles que la oposición quiera.

Ante el virtual traslado de la dirigencia del partido a las esferas del Poder Ejecutivo y Legislativo, la organización que los llevó al poder queda virtualmente abandonada. Sé de casos de organizaciones políticas que durante los cuatro años de gestión de gobierno, permanecieron cerradas. Se provoca entonces, una separación de hecho, entre los intereses partidarios y las funciones gubernativas de sus líderes.

Ante esta situación, las organizaciones políticas juegan un papel pasivo frente a la administración del poder público que ejercen sus líderes. ¡Y ni siquiera pensar que alguna vez puedan constituirse en una fuerza política de abierto apoyo a los nuevos funcionarios!

Por eso, cada cuatro años es borrón y cuenta nueva.

Poesía Carlos Interiano