viernes, 25 de enero de 2019

Elecciones 2019


No se avizoran figuras políticas predominantes que puedan marcar la pauta en la conducta del voto.

El pasado 18 de enero el Tribunal Supremo Electoral convocó al proceso para elegir autoridades del país, en uno de los eventos más atípicos durante el actual periodo de vida democrática en lo que va de la firma de la paz aquel 29 de diciembre de 1996. Varios periodos presidenciales se han realizado desde aquella época en la que Álvaro Arzú fuera el último presidente democráticamente electo en el periodo entre 1985 y 1995.

Lo atípico de este proceso electoral está marcado por varios aspectos. Por un lado, entró en vigor la nueva disposición legal electoral donde se prohíbe el transfuguismo de los diputados. Esto provocará que en la próxima legislatura el Congreso de la República estrenará nuevos diputados ya que más de la mitad de los actuales legisladores no tendría oportunidad de reelegirse.

Otro de los factores atípicos es el control más estricto que se ejercerá sobre la pauta electoral, ya que el TSE solo dispondrá de 79 millones de quetzales para ser distribuidos entre los partidos participantes, en donde todos deberán presentar candidatos presidenciales. Este techo hace una distribución bastante reducida entre las organizaciones políticas, destinados a la propaganda partidista en cualquiera de los medios de comunicación: aire, tierra y virtual.

También es importante analizar el impacto de la falta de propaganda por medio de los canales de televisión abierta, propiedad del otrora poderoso Ángel González, a quien todos los políticos visitaban en romería en época electoral y con quienes éste se comprometía en ofrecer pauta publicitaria a cambio de jugosos favores de llegar al poder alguno de sus candidatos preferidos. Al parecer, González nunca dio pasos en falso; sus apuestas siempre le dieron provechosos frutos.

Pero esta vez, la televisión abierta no quiso someterse a lo dispuesto por el Tribunal Supremo Electoral en cuanto a inscribirse previamente para optar a la pauta publicitaria electoral que manejará este organismo, argumentando problemas de carácter técnico, empresarial y gremial. De tal manera que, quienes sí lo hicieron, tendrán la oportunidad de capitalizarse durante estas elecciones incrementando su factura empresarial. Esto significa que las señoras ya podrán ver su telenovela favorita sin la molestia de ser repetidamente interrumpidas por los anuncios de los candidatos presidenciales.

A lo anterior vale la pena añadir que no se avizoran figuras políticas predominantes que puedan marcar la pauta en la conducta del voto. En este momento existe un clima de incertidumbre ya que no hay candidatos punteros, por más que algunos de ellos se abroguen el derecho de encabezar las encuestas, muchas de las cuales son hechas a medida del gusto y capacidad de pago de los propios interesados.

Es tan atípico este proceso electoral que ni siquiera el astrólogo Urbano Madel podrá dar luces en estos comicios ya que acaba de fallecer por causas naturales, propias de la edad.

viernes, 18 de enero de 2019

Los olores que nos nombran


Esta gama de olores conforma, en su conjunto, el bagaje cultural que es capaz de identificarnos en nuestra individualidad.

Cuando era niño, mi madre tenía un cofre donde guardaba algunas cosas que me imagino eran muy importantes para ella. A mí me gustaba acercarme cuando ella abría el mueble para sacar alguna cosa. La razón de mi interés era absorber el olor a naftalina que emanaba de sus profundidades. Allí me quedaba parado por algunos minutos hasta que, por fin, cerraba la tapa.

Hace algunos días llegó a mi olfato aquel olor inconfundible. Y pensé en mi madre y en aquel cofre misterioso que guardaba no sé qué tesoros familiares. Me asombré muchísimo que yo, a mis ya largos años, conservara aquella imagen con la nitidez con que mi cerebro la guardó en mis tiempos de infancia. Nunca supe de dónde emanaba aquel aroma que me conectó poderosamente con mi pasado.

En la vida vamos acumulando una gama de olores que representan nuestro entorno cultural, tanto como nuestras prácticas familiares. La cocina de nuestra madre, siempre inconfundible, el olor de los dormitorios, el patio donde jugábamos, los aromas de los caminos que recorríamos, los salones de la escuela, las diferentes áreas de los mercados donde solíamos comprar los alimentos, las salas de hospital, el perfume de la primera chica que impactó nuestros anhelos, las emanaciones fétidas de algunos lugares que transitamos, y tantas otras experiencias de olores que fuimos guardando en los más profundo de nuestra memoria.

Esta gama de olores conforma, en su conjunto, el bagaje cultural que es capaz de identificarnos en nuestra individualidad y también en nuestro entorno social. De alguna manera nos nombra, ya que constituye la memoria odorífica de nuestro yo, y que llevamos a veces como un sello de agua, aún de manera inconsciente. Nadie sabe cómo huele a sí mismo, salvo casos especiales, pero los demás sí saben cómo olemos. A lo largo de nuestra vida hemos convivido con seres humanos cuya huella aromática es inconfundible, ya sea que emane olores agradables o desagradables.

¿Recuerda usted cómo huele su restaurante preferido, o el lugar de recreo que siempre ha frecuentado, o la iglesia que visita, o su lugar de trabajo? Quizá en el momento de estar leyendo esta columna usted haya comenzado a recordar, y recrear, aquellos olores gratos de su niñez o su juventud. Por ejemplo, el olor de aquel primer amor, o de su primera,  maestra o maestro, o de algún compañero, o de su primer perro, gato, caballo, etc. La huella de estos olores es indeleble y nos habla de cuán felices o infelices hemos sido.

Oler bien o mal no es la cuestión, sino cómo transmitimos a los demás esa imagen que, desde la concepción semiótica, constituye el signo, y más precisamente el icono de nuestra propia identidad. Esa imagen crea en el cerebro de los demás, un concepto de nuestra propia personalidad. Por medio de nuestro olor personal transmitimos a los demás una gama de experiencias que conforman el sello de nuestra propia personalidad.

Diario de Centro América 18 de enero 2019

sábado, 12 de enero de 2019

SUEÑOS RECESIVOS


        Imagen de Google

y haces caso omiso de tus setenta años y
compras aquel Camaro convertible
que soñabas cuando frisabas los dieciocho
y enfilas por aquella avenida silenciada
y no ves sino el fantasma de un ayer
que hecho cadáver le hace cosquillas al
costado de tu risa 

y entonces /y solo entonces/
te das cuenta que las reumas de tus manos
se anteponen como diques traicioneros
al control de esta nave que esperó por tanto
tiempo ser la bestia domeñada por tus
años juveniles

afuera unos jóvenes blanden airosos
la empuñadura de sus años mozos

viernes, 4 de enero de 2019

Amigos en Facebook


No dejo de pensar en aquel verso de Matheus Kar y lo aplico a los amigos: “Ya pasaron los mensajes de cómo estás o cómo te ha ido”.

La vez pasada me decía una persona conocida, con cierta dosis de orgullo: ya llegué a los cinco mil amigos en Facebook. Mire qué cosas, le dije, yo, de los pocos amigos que tenía perdí uno este año, y estoy a punto de perder otro, por razones que no vienen al caso mencionar. Este fenómeno de las redes sociales constituye la metáfora actual de aquel espejito donde miraba su imagen la reina malvada en el cuento Blancanieves de los hermanos Grimm.
Con Facebook ocurre este fenómeno. Todos queremos ver en esta versión virtual del espejo, nuestra propia imagen, o al menos, una versión “ideal” de nuestro propio yo. Los más avezados en la selección de “amigos” virtuales han desarrollado su capacidad de selección de perfiles, es decir, no a todos se les da “el permiso” de ser amigos. Muchos quedan rechazados por el hecho de sospechar que son perfiles falsos, o simplemente porque no nos interesan sus actividades o no aportan suficiente información.

Lo cierto es que, de esa cuenta, abundan los amigos, ubicados en todo el orbe, gracias a la magia de internet. Al parecer, el término “amigo” ha sufrido en estos tiempos, una transmutación sustancial, una resignificación del concepto.
Hace algunos años, cuando se le preguntaba a alguien qué es un amigo, lo más seguro es que respondiera que es aquella persona que empalma contigo su propia personalidad: siente tus alegrías y tristezas, tus necesidades y tus realizaciones como ser humano. Cicerón lo decía con mayor enjundia: “Un amigo es quien en la prosperidad acude cuando es llamado, y en la adversidad, sin serlo”.
Hoy, al parecer, un amigo es un transeúnte de paso en nuestra vida, una persona sin rostro definido, un pasajero ocasional que no marca ninguna huella, y que, por lo tanto, constituye un fusible intercambiable. Algo así como: si te veo, no te conozco. Si me aburres, te borro de la lista de mis seguidores o te dejo de seguir. La magia de Facebook y de otras redes sociales llevada al plano de la amistad.
No dejo de pensar en aquel verso de Matheus Kar y lo aplico a los amigos: “Ya pasaron los mensajes de cómo estás o cómo te ha ido”. En su lugar, nuestros perfiles se saturan de chistes malsonantes, memes, vídeos de mal gusto. Esta visión light de la amistad está saltando hacia las relaciones sociales reales: frialdad, desparpajo, despersonalización, desinterés.
Habrá amigos de verdad, me pregunto. Creo que sí, pero estos se definen por la calidad de las relaciones que establecen con nosotros; aquellos que son capaces de soportar nuestros altisonantes estados de ánimo, pero que igual sonríen y celebran nuestras alegrías y que en muchos casos se convierten en nuestros consejeros y contribuyen con su acertado consejo a construirnos una ruta segura, un entorno saludable. Ciertamente un amigo es una casa donde podemos habitar sin temor a ser desalojados. Y esos quizá no estén en internet. Se cultivan en nuestro diario trajinar con esfuerzo y buena voluntad.
Carlos Interianohttps://dca.gob.gt/noticias-guatemala-diario-centro-america/wp-content/uploads/2019/01/CARLOS-INTERIANO.png

martes, 1 de enero de 2019

El discurso populista


El discurso populista (I)
Carlos Interiano
21.12.2018

El discurso populista es la bandera que enarbola la derecha conservadora para lavarse la cara frente a la ciudadanía.

El próximo mes de enero será la convocatoria a elecciones generales en Guatemala. Desde ya varias organizaciones políticas han dado a conocer quiénes serán sus candidatos a la presidencia y vicepresidencia del país. Algunos personajes se han convertido en parte del folclor de la política dado que han participado en varios eventos, con resultados magros. En su amplia mayoría, son políticos desteñidos, sin propuesta seria de gobierno, sin equipo, y muy probablemente, sin pisto para la campaña.

El arma más usada en la comunicación persuasiva es el discurso populista. Es el campo común donde confluyen aquellos que, provenientes de sectores conservadores y desde posiciones de poder económico, tratan de aparecer como actores populares, o bien, como personas que entienden las necesidades de la ciudadanía perteneciente a esa gruesa capa social denominada pueblo.

El discurso populista no refleja los verdaderos intereses de los actores; es más bien, una manera de ocultar los sentimientos y adaptar sus argumentos a la manera de pensar, sentir y actuar de la mayoría ciudadana. Con estrategias discursivas donde se hace uso de figuras retóricas y palabras y frases de raigambre popular se articula un discurso que, aparentemente refleja la manera de ser del pueblo, sin embargo, no es más que un engaño, un acto de manipulación.

En Guatemala, muchos líderes políticos, sociales y religiosos, acuden a este tipo de discurso para camuflar sus ideas, tratando de que las personas las acepten sin ningún razonamiento previo. Van Dijk, en su libro “Ideología y discurso” indica que: “Quien controla el discurso público, controla indirectamente la mente (incluida la ideología) de las personas y, por lo tanto, también sus prácticas sociales”. En otro orden de cosas, el discurso populista trata de quebrar los argumentos ideológicos de la izquierda, tratando de restarle bandera a quienes propugnan por un cambio en el orden político, ideológico y económico, y la instauración de regímenes cuyos intereses estén más en sintonía con las necesidades mayoritarias. Toma de éste, algunos razonamientos, pero los vulgariza, los tergiversa y los envuelve en el embalaje de la falsificación.

Generalmente el discurso populista es la bandera que enarbola la derecha conservadora para lavarse la cara frente a la ciudadanía, sobre todo, en épocas electorales, acudiendo a palabras incendiarias, pero con contenido vago e impreciso.

Remedando al discurso revolucionario, hacen uso de adjetivos fuertes llamados operadores semánticos para acuñar frases retóricas en el imaginario colectivo. Conceptos tales como: esperanza, justicia, paz social, salud para todos, educación universal, techo mínimo, libertad, trabajo, son algunos términos con fuerza persuasiva, pero usados de manera ambigua y muchas veces fuera de contexto real de condiciones de vida de la mayoría de la población.

El discurso populista (II)

28.12.2018

Absolutamente todos quienes han salido hasta ahora, enarbolan la bandera del discurso populista.

La semana pasada hablábamos sobre el discurso populista como el instrumento predilecto de la fauna política. Alrededor de ocho organizaciones políticas han presentado a sus candidatos a presidente y vicepresidente de la República. A decir verdad, van desde los más descoloridos hasta los más desteñidos. Creo que hasta el chucho de mi vecina está lanzando su candidatura. Eso sí, todos, absolutamente todos quienes han salido hasta ahora, enarbolan la bandera del discurso populista, con cero visiones de país, y ni siquiera conocimiento de lo que significa una campaña política.

Por supuesto que esta pésima costumbre de recurrir al populismo como fórmula mágica para alcanzar el poder no es exclusiva de los políticos guatemaltecos, aunque hay que reconocer que, salvo honrosas excepciones, nuestro país ha sido, por mucho, el caldo de cultivo para estas prácticas insanas en la amañada política latinoamericana. Un expresidente dijo que, si no se miente, no se gana. La gente se traga promesas, pero no digiere soluciones. Así de simple lo ven los políticos.

Latinoamérica está plagada de estos discursos populistas. La tónica general ha sido que, líderes provenientes de sectores pudientes de la sociedad, se lancen a la arena política, y de la noche a la mañana, aparecen como los salvadores de la ciudadanía que a diario busca el sustento con su trabajo y esfuerzo. Pasan por un proceso de entrenamiento discursivo (Media Training, le dicen) que les permite conocer “el lenguaje de los pobres” y el uso correcto de los medios de comunicación, con el propósito de sacarles el mejor provecho posible.

En el mundo de la comunicación política existen expertos en entrenamiento discursivo que incluye, no solo elaboración y pronunciación de mensajes verbales (orales o escritos), sino el manejo de los lenguajes no verbales (colores, olores, objetos, distancias, gestos, formas, desplazamientos, vestuario, etc.) que constituyen en su conjunto, el mayor soporte comunicativo. Está demostrado que aproximadamente el noventa por ciento de lo que decimos, lo hacemos a través del lenguaje no verbal.

Las frases talismán refuerzan el discurso y se acude a ellas para parecer que el líder es parte del pueblo y no alguien ajeno a este. El secreto del buen discurso populista es la capacidad de manipulación de los sentimientos de la ciudadanía a través de frases incendiarias, pero que, en esencia, no propone soluciones concretas y alcanzables para resolver los problemas nacionales, por lo cual no es más que un universo discursivo vacío, sin contenido.

Las próximas elecciones se teñirán, sin duda, de esta argamasa discursiva que va, desde lo jocoso, hasta los actos de extremo dramatismo, como besar niños con mocos, abrazar campesinos, comer en los mercados cantonales, calzar zapatos rotos, entre otros actos visibles de pobreza extrema. Hace años escuché decir a una señora: ese pobre con sus zapatos rotos, es seguro que, cuando llegue a la guayaba, va a hueviar. Sabiduría popular.

Poesía Carlos Interiano