viernes, 22 de junio de 2018

Ser niño en Guatemala


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Algunos de estos seres antisociales, rebeldes con razón, son revictimizados por un sistema jurídico que no ataca causas sino efectos.

En Guatemala, y quizá en cualquier parte del mundo subdesarrollado, ser niño no es una oportunidad para ser feliz. Al contrario, es una faceta de la vida donde se concentra la mayor carga de inequidad, irrespeto a la dignidad y atropello a los más elementales valores humanos, sin la menor oportunidad de defensa, debido a la vulnerabilidad propia de la edad.
Por donde quiera que usted camine mira casos de niños maltratados, vejados, ante la mirada permisiva de un sistema social alcahuete, poco vigilante, y hasta practicante de reglas de castigo corporal, moral y emocional, bajo el pretexto aquel que al hijo se le corrige con vara. ¿Recuerda usted las veces que sus padres descargaron sobre su pequeña humanidad aquellos golpes que lo marcaron de por vida? En un acto de amor hacia sus progenitores y hasta como un mecanismo de ajuste de su personalidad quizá usted justifique esos golpes aduciendo que le hicieron una mejor persona. En el fondo, sabe que fue una víctima de la colérica actitud de ellos. ¡Bienaventurados aquellos padres que educan con amor y sin violencia! 
Para 2017, el Instituto Nacional de Estadística (INE) proyectaba la población que se ubica entre los cero y los 19 años de edad en 8 millones 367 mil 642 habitantes en el país. De esta población infanto-juvenil, una considerable cantidad está ubicada en ese grosero 59.3 por ciento que representa la pobreza en Guatemala, en cuyo seno persisten las condiciones objetivas que ponen en situación de riesgo a los niños, niñas y adolescentes. Por supuesto, no significa que en hogares con mayores recursos no haya violencia; sin embargo, está más visibilizada y, por tanto, más controlada.
¿Quién ejerce la violencia contra esta población desprotegida? Me temo que muchos actores. En primer lugar, algunos padres que no asumen su papel con amor, responsabilidad y correctas normas de convivencia social. A veces, estimulados por la frustración y poco control de sus emociones, producto de carencias económicas y de un régimen de seguridad social integral, los progenitores “se las cobran” con sus inocentes retoños.
Pero también existe una telaraña perniciosa que cubre de inseguridad y violencia a la niñez. Por un lado, un Estado que no garantiza el mínimo de condiciones favorables para que esta crezca sin tropiezos de ninguna índole. Por otro lado, una creciente situación de descomposición social que ejerce violencia física, psicológica y moral a la ciudadanía, y dentro de esta, a los niños, niñas y jóvenes. Este nocivo círculo violento termina convirtiendo a algunos de estos en seres antisociales, rebeldes con razón, revictimizados por un sistema jurídico que no ataca causas sino efectos.
Para colmo de males, Donald Trump está contribuyendo a esta dura realidad que sufren muchos infantes y jóvenes, desarticulando el incipiente tejido familiar al separarlos de sus padres, en un acto de brutal deshumanización del coloso del norte. Aliviados están estos niños y jóvenes, y negro su incierto porvenir.

viernes, 15 de junio de 2018

De apóstoles y maestros

Publicado en el Diario de Centro  América el 15 de junio de 2018



Las ideas que impulsan en cada cerebro humano, tienen un efecto multiplicador en la sociedad en general.

Está próxima la celebración del Día del Maestro, la cual conmemora aquella gesta cívica donde los formadores salieron a las calles a protestar contra la dictadura de Jorge Ubico. Durante la represión de ese movimiento perdió la vida la profesora María Chinchilla Aguilar. Eran años en los que el maestro se había erigido en un símbolo de decencia y cuyo liderazgo se hacía sentir en todas las comunidades. La acción docente no se circunscribía a lo interno de las aulas; su labor trascendía toda la comunidad.
Hoy día las cosas han cambiado. De aquella figura cimera que era el maestro, ha caído en un rol depauperado. Nadie lo respeta y se le ve como un trapo viejo que apenas sirve para sacudir el polvo de este sistema social cada vez más deshumanizado. Existen, como siempre, buenas excepciones que recogen la bandera de la dignidad de lo que una vez fuera la figura docente en el contexto nacional. El resto es una adocenada masa amorfa que se define a sí misma como trabajadores de la educación, desde una óptica netamente economicista, laboralista.
Por supuesto que el maestro es un trabajador de la cultura cuyo estipendio debe estar acorde al rol que, como formador de niñez y juventud, le corresponde. Pero también debe ser un agente de cambio y, como tal, asumir su responsabilidad de formarse para formar. En un contexto más amplio, el maestro está llamado a recuperar el humanismo, definido este como la característica racional que nos hace diferentes a los demás seres vivos. Recuperar el humanismo para heredar a los estudiantes esa capacidad de pensar por sí mismos, cultivar su autonomía en la toma de decisiones en su vida personal y comunitaria, de manera responsable. Recuperar el humanismo para dejar de ser seres amorfos, presas fáciles de la manipulación, y transformar a la niñez y la juventud en verdaderos agentes de cambio social.
Esa es la tarea gigante que debiera asumir el magisterio nacional, y no solo conformarse con tenderse en el parque central esperando que el maná les fluya del cielo, o que un líder con aviesas intenciones los conduzca hacia un proceso de denigración como seres humanos y profesionales de una de las mejores tareas que un ser humano puede aspirar: transferir a las nuevas generaciones los saberes que, en materia de ciencia, tecnología y humanidades, hemos venido acumulando como especie. Ya lo decía José Martí, aquel insigne educador y poeta cubano: “Y me hice maestro, que es hacerme creador”.
No es pedir mucho, ni siquiera empujarlos hacia el apostolado. Es, ni más ni menos, que motivarlos a ganarse el jornal con la frente en alto, satisfechos de que las ideas que impulsan en cada cerebro humano tienen un efecto multiplicador en la sociedad en general. Del maestro depende, en mucho, el progreso o rezago de la sociedad. Los grandes países tienen grandes maestros, y, por lo tanto, esos conglomerados están listos para enfrentar los grandes retos que les plantea el futuro. ¡Feliz Día del Maestro!

viernes, 8 de junio de 2018

Giovany Coxolcá: poesía vinculante

Mi columna de hoy en el Diario de Centro América.
* Por un lamentable error cometido por mi persona, en el título publicado en el diario aparece como Gionvany. Pido disculpas al poeta Coxolcá.
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Este joven poeta de 31 años es posiblemente el eslabón que une dos corrientes literarias.

Su menuda figura contrasta con lo magnífico de su obra literaria: delicada, perspicaz y, sobre todo, con un enfoque social. Por algo se dice que la estatura de un ser humano se mide de los hombros hacia arriba. Entre los poetas jóvenes, Coxolcá es quizá quien más representa ese tránsito entre la poesía comprometida que se cultivó durante el conflicto armado guatemalteco y los nuevos cánones literarios que están impulsando actualmente otros artistas jóvenes. Este poeta, que alcanza los 31 años, es posiblemente el eslabón que une estas dos corrientes literarias.
Fogueado en el arte de escribir poesía y ensayo, Giovany Emanuel Coxolcá Tohom posee actualmente dos libros: Las trampas de la metáfora, ganadora del certamen poético Manuel José Arce en el 2015, y Nuestra identidad en los pasillos de la palabra. Ambas contienen un sentido estético de primer orden. Además, su producción literaria aparece en otras publicaciones periódicas; entre ellas, la Revista de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
El poeta maneja muy bien la ironía, entre un sinnúmero de figuras retóricas que le imprimen vigor a su obra, tal como queda demostrado en este pequeño poema: Si encuentras en estos ojos/dos monedas falsas,/piensa que con el tiempo/me fui volviendo las cosas que me contaron/y lo auténticamente mío/se fue muriendo entre/los largos senderos de la mentira.
El sello de la poesía revolucionaria regresa en este poema, que retrata aquella época en la que los militares eran amos y señores del poder político y militar en Guatemala. Con el título sugestivo de Lo del general Cansinos se cita esta estrofa contundente: Entonces se irán los lentos años de agonía,/sus lágrimas por las mujeres descuartizadas,/su delirio por el fuego/ los calambres en su pecho/obligándole a volver los ojos en blanco/hacia la Cruz.
Con singular sencillez, el poeta retrata un pedazo de su vida íntima, reflejada en el poema Esa tu forma de amar, escrito en prosa poética: Llevo varios días despertando y sabiendo que tus ojos se han consumido con las bibliotecas que arden en las llamas de la historia. Siglos antes de estos días, desperté encontrándote derramada sobre la tierra para que nosotros germináramos.
En su libro Nuestra identidad en los pasillos de la palabra, Giovany Coxolcá combina muy acertadamente piezas de prosa poética con poemas versificados, de carácter libre. Estos están diseminados en el libro sin un orden aparente, como sucede en otros textos de autores varios.
Una de las grandes fortalezas de la obra literaria del joven poeta es que, nacido en una cuna maya, maneja el idioma español con la misma destreza que su idioma natal. Es el caso de intelectuales cuyo idioma no es el español; sin embargo, lo hablan y lo escriben como cualquier hispanohablante. Por supuesto, también habla y escribe poesía y prosa en su idioma materno. Guatemala está llena de talento que no hemos aprendido a disfrutar. Giovany Coxolcá Tohom es uno de ellos.

viernes, 1 de junio de 2018

Marco Antonio Molina Theissen



Durante esos años, disentir de la ideología burguesa, era dibujarse en la frente una marca de muerte.

Aquel 6 de octubre de 1981 dejaría en la familia Molina Theissen una estela de dolor y angustia. Miembros del Ejército secuestrarían a su hijo de 14 años, sin que hasta el momento se conozca su paradero. Desde entonces, han sido múltiples noches de desvelo buscando a su ser querido; en tanto, los hechores de tan horrendo crimen posiblemente se regodeaban y celebraban tan execrable acto.
Este suceso abrió una herida en el costado de la dignidad nacional y puso de manifiesto la profunda miseria humana de seres formados para reprimir salvajemente a sus semejantes por el solo hecho de disentir de sus ideas. Y si bien es cierto que esto sucedió en el marco del enfrentamiento Este-Oeste, en cuyo caso nuestro país fue usado como patio trasero para librar la más feroz guerra interna durante 36 angustiosos años, no hay nada que justifique estos actos salvajes.
El caso de Marco Antonio es uno de los miles que desgarraron el tejido social, en un conflicto bélico signado en una política de seguridad nacional que los cerebros militares diseñaron para reprimir a la población que no les rindiera pleitesía.
Durante esos años, disentir de la ideología burguesa cuyos guardianes eran los cuerpos armados del Estado, léase Ejército, cuerpos policíacos y grupos paramilitares, era dibujarse en la frente una marca de muerte. El 22 de mayo pasado, los denodados esfuerzos de la familia Molina Theissen por fin rindieron sus frutos.
El Tribunal C de Mayor Riesgo leyó la sentencia contra cinco militares retirados por la desaparición de Marco Antonio y la detención ilegal y violación de su hermana Emma.
Derivado de esto, la familia Molina solicitó una serie de medidas tendentes a dignificar a las víctimas del conflicto armado, y, haciendo a un lado pretensiones económicas, dio una lección al mundo, en un acto valiente que evidencia que en nuestro país aún existen seres humanos que, sobre intereses económicos, buscan espacios de dignidad y moral ciudadana.
Es meritorio el ejemplo de no comprometer el dolor de perder a un ser querido a cambio de unas cuantas monedas. Quizá nunca se localice el cadáver de su hijo, pero las medidas solicitadas por esta familia producirán resultados positivos en la conciencia nacional.
En 1995, yo escribía este poema dirigido a aquellos familiares de víctimas del conflicto armado: En la vida verás/silenciarse los fusiles/firmarse acuerdos/adjudicarse triunfos/declaraciones fastuosas/viajes de cinco estrellas/fingidas sonrisas/traicioneros abrazos/pero en el fondo/compañero/nunca te dirán/dónde está tu hermano/ni tus padres/ni tus hijos/hasta que tú/-dispuestas las uñas-/escarbes/las raíces escondidas/de la historia/y señales los/nombres y apellidos/para que nunca más/tus sueños/desvanezcan.
Una extraña sensación recorre mi cuerpo cuando he releído este poema y he podido comprobar que su contenido se ha reflejado en la lucha tenaz de la familia Molina Theissen. No hay que ser profeta para entender la realidad nacional.

Poesía Carlos Interiano