viernes, 26 de enero de 2018

Agentes contaminantes

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Tenemos el derecho de exigir que no se contamine la mente de nuestros hijos con mensajes que atentan contra su estabilidad emocional.

La contaminación ambiental se produce por diversas causas. Existe contaminación por basura, por quema de combustibles fósiles, por saturación vehicular.  En la ciudad capital los niveles de contaminación auditiva son muy altos, a tal grado que muchas personas comienzan a padecer de sordera. También existe contaminación visual producida por la excesiva publicidad en la vía pública. Tenemos problemas en el manejo de estos agentes contaminantes, no obstante los esfuerzos que las autoridades realizan por disminuir su efecto.

Pero hay un agente contaminante al cual no se le ha puesto atención: la excesiva publicación de notas con ponzoña y enfoque morboso. Esta contaminación es letal para el equilibrio emocional de la ciudadanía, especialmente los niños y jóvenes, expuestos a las redes sociales y a medios de comunicación digital. Son un asesino silencioso de la mente.

Existen medios de comunicación que han rebasado los cánones éticos y profesionales en la difusión de notas informativas con una alta carga destructiva; no se tientan el alma para hacer pedazos el prestigio de los demás por el solo delito de haberse convertido en personajes públicos. Aducen que una persona pública no tiene vida privada. Nada más alejado de la verdad. No es un acto mecánico que el hecho de convertirse en personaje público lo convierta en delincuente.

El problema principal radica en que se está saturando a la niñez y la juventud con toneladas de mensajes de contenido negativo, violento, manipulante y lleno de lenguaje soez, que, de tanto repetirlo, va moldeando la psique de esta población vulnerable. Tampoco escapan los adultos, especialmente quienes no poseen buenos niveles de desarrollo educativo, lo que los hace víctimas de estas estrategias discursivas.

No quiero indicar con esto, que se encubran actos ilícitos cometidos por algunas personas, tanto quienes ejercen función pública como aquellos que se desempeñan en actividades privadas. Pero existe un andamiaje jurídico diseñado para cumplir  con perseguir, juzgar y castigar los delitos cometidos. Muchos medios han asumido el rol de juzgadores, sin tener las competencias legales para ello y cuyos líderes de opinión son productores de altos niveles de información contaminante.

Tenemos un ordenamiento jurídico que establece faltas y delitos contra la información manipulada, pero son letra muerta, en virtud que se le tiene un temor a estas voces que no construyen, sino destruyen los valores de nuestra sociedad, bajo el pretexto de la libertad de expresión.


Como sociedad, tenemos el derecho de exigir que no se contamine la mente de nuestros hijos con mensajes que atentan contra su estabilidad emocional. ¿No sería sano ingresar a las redes sociales y leer mensajes positivos sobre cómo superar nuestros problemas de diversa índole? De ser antros de la infamia, la manipulación y el descrédito sin razón, los medios deben ser santuarios de la verdad y la construcción de una sociedad responsable y feliz.

viernes, 19 de enero de 2018

Ileana Alamilla

Fue defensora, hasta su muerte, de los derechos fundamentales de los periodistas y de la ciudadanía en general.

Conocí a Ileana Alamilla en la flor de su adolescencia, en Chiquimula, en una visita que ella y su entonces novio, Adrián Zapata hicieran a esta tierra oriental. Era una hermosa muchacha, alegre, cariñosa y buena conversadora. De esto han transcurrido casi cincuenta años.
Más tarde, ya radicado en la capital, la vi muchas veces, antes y después del conflicto armado. Siempre junto a su esposo que, como dos gotas de agua, se habían fundido en ideales revolucionarios y en una conciencia social a toda prueba. Procrearon en ese clima de inestabilidad política, tres hermosos hijos: dos varones y una hembra.
La violencia extrema de los años setenta los hizo exiliarse en México. Desde ese hermano país, Ileana libraría una batalla constante, desde su trinchera de periodista, en favor del proceso de democratización de Guatemala. Recia de personalidad como era, luchó contra molinos de viento, contra fuerzas oscurantistas, contra un régimen de control total de la población, con tan solo el arma revolucionaria de su pluma; aquella pluma que este miércoles 17 de enero reposó para siempre en el tintero de la eternidad.
Al frente de Cerigua, la agencia de noticias sobre Guatemala en el exilio, Ileana hizo su más fructífero aporte periodístico que divulgaba al mundo, aun antes de que existieran las redes sociales, lo cruento de la guerra interna. Generó una red de comunicación alterna a la prensa nacional, dando cuenta de los enfrentamientos armados entre el Ejército y la guerrilla, así como de las violaciones a los derechos humanos en el país. Su voz se hizo sentir a lo largo y ancho del mundo, con su timbre valiente, directo, claro y decidido.
A su retorno a Guatemala luego de la firma de la paz, trasladó la agencia de noticias al país y comenzó una concienzuda labor de defensa al periodista, sin distingos de ninguna índole. Se interesó en monitorear los casos de violación a los derechos de los comunicadores, tanto desde sus espacios de opinión en medios nacionales y extranjeros como mediante boletines específicos, hubo denuncias contundentes que muchas veces hicieron retroceder las malvadas intenciones de sectores oscuros.
Dejó de lado su carrera de abogada para convertirse en comunicadora. Se graduó de licenciada en periodismo en la Universidad de San Carlos. Allí tuve el gusto de estrechar aún más nuestros lazos de amistad, misma que perduró durante todos los años subsiguientes. Como estandarte de la libertad de prensa, Ileana desempeñó tres veces el cargo de presidenta de la Asociación de Periodistas de Guatemala. Fue defensora, hasta su muerte, de los derechos fundamentales de los periodistas y de la ciudadanía en general. 
En su cuenta de Twitter Felipe Valenzuela apuntó: Los grandes y hermosos ojos de Ileana Alamilla seguirán viendo por los periodistas, desde el sitio que su alma elija para continuar el viaje.
Gracias Ileana, por tu sincera amistad y cariño. Que en paz descanses, amiga.

viernes, 12 de enero de 2018

Gente ayudando a gente

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Generaciones adultas comprometidas con niños y jóvenes, en el ciclo hermoso de la transferencia de saberes.

El gran secreto del desarrollo humano ha sido, sin lugar a duda, su enorme capacidad para trasladar a las siguientes generaciones, no solo su acervo biológico y genético, sino también sus experiencias de vida como seres sociales. En efecto, nuestros hijos son el resultado de la herencia genética de generaciones pasadas, pero al mismo tiempo, reciben todo el bagaje que el padre y la madre han ido incorporando debido a sus actividades habituales, tanto en lo intelectual como en la cultura en general. De allí que cobra mucho sentido aquella frase coloquial que afirma que los hijos salen corregidos y aumentados.

Tal reflexión está motivada por una experiencia reciente en el sistema educativo nacional. Resulta que en días pasados acompañé a mis nietos a comprar sus útiles para el presente ciclo escolar en el colegio donde están inscritos. Mientras la madre de ellos se ocupaba de realizar los trámites para la adquisición de la larga lista de libros, cuadernos y demás enseres que usarán en sus estudios, me puse a observar aquellos rostros compungidos, angustiados, nerviosos, presurosos, pero altamente comprometidos de los padres de familia, quienes, junto a sus retoños, procedían a realizar tales compras.

Los hijos, por su parte, se miraban seguros, entusiasmados y optimistas, tomados de las manos de sus padres, realizando este acto hermoso de transferencia de roles, que, sin duda, les permitirán ocupar una posición en la sociedad como personas de bien. Estoy seguro de que, ellos a su vez, llegado el momento, desarrollarán este mismo rol de padres responsables frente a sus futuros hijos. Y aunque existen muchos casos de progenitores irresponsables que no piensan en el futuro de sus proles, la verdad es que es muy esperanzador observar el nivel de entrega de quienes, a base de privaciones de diversa índole, ahorran hasta el último centavo para sacarlos adelante.

Este fenómeno en términos macrosociales no es más que gente ayudando a gente. Generaciones adultas comprometidas con niños y jóvenes, en el ciclo hermoso de la transferencia de saberes, conductas y comportamientos. Nada más promisorio y elocuente que ver a un padre de familia, contar con sus dedos temblorosos aquellos billetes que van saliendo de sus tímidos bolsillos y los entregan como un acto de amor a cambio de una bolsa de útiles, seguros de que en esta se compromete el desarrollo de sus hijos.


Pienso que, así como algunas aves enseñan a volar a sus crías lanzándolas al abismo, los seres humanos en cambio utilizan un lento y sofisticado proceso de formación de capacidades en sus descendientes. Y si a veces median algunos latigazos y nalgadas por parte de los padres, esto sea quizá como una manera de canalizar la frustración por alguna meta no alcanzada y no por falta de amor. Creo que una buena parte de los seres humanos prefieren no comer por dar a sus hijos los medios más elementales para salir adelante. Muchas gracias gente hermosa.

viernes, 5 de enero de 2018

Recuerdos de antaño

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Después de más de cincuenta años, vienen a mi memoria aquellas estampas y no puedo dejar de compararlas con los tiempos que se viven actualmente.

Hace más de cincuenta años, en mi recordada Bananera, donde transcurrió parte de mi niñez, teníamos una manera muy peculiar de festejar las fiestas navideñas. Habitábamos, por cierto, las viviendas más populares que había construido la compañía bananera para sus mozos, llamadas Yardas. Eran construcciones de madera rústica de pino con cuartos grandes montados sobre pilones de concreto, simulando un segundo nivel. Allí convivíamos ocho familias, una por cuarto. Daban permiso para que, a nuestra costa, se construyera otra habitación en la planta baja. A estos cuartos los llamaban cusules. Al frente había igual número de cocinas individuales.

Mis padres, mi hermano menor y yo habitábamos uno de esos hogares. A la par vivía una familia cuya hija adolescente me gustaba mucho; nos habíamos hecho medio novios. Nos levantábamos a las cinco de la mañana a elaborar nuestro desayuno antes de ir a la escuela. A través de un hoyito fabricado en la pared nos mirábamos y conversábamos. Era algo así como un cuento de hadas y príncipes, viviendo en un barrio paupérrimo. De algo estoy convencido: la felicidad no la da el dinero, se construye con nuestras actitudes de vida. Como cualquier cuento de hadas, vino un príncipe malvado y me arrebató a mi princesa. Un luto inmenso albergó mi corazón. Comencé a escribir poesía, hábito que aun cultivo.

Nos trasladamos a otra vivienda que ofrecía mejores condiciones. Allí tuve como vecino a un amigo, adolescente como yo, con quien entablamos una buena amistad. Con este vecino hacíamos apuestas a ver quién elaboraba el mejor árbol de Navidad. En los días previos nos íbamos al monte y cortábamos el mejor árbol seco. Le quitábamos todas las hojas hasta quedar solo con las ramas. Luego lo pintábamos de plateado. Acto seguido, comprábamos bricho de colores, vejigas y algún juego de lucecitas baratas. No podíamos darnos más lujos.

Nuestra receta secreta era que colocábamos sobre sus ramas, las tarjetas navideñas que nuestros amigos nos enviaban. Las coleccionábamos y hacíamos la apuesta a ver quién juntaba más. A decir verdad, yo siempre le ganaba la apuesta. Pero hubo un año en que lo encontré comprándolas en la tienda, él no se percató de mi presencia. Por la noche lo visité y me di cuenta de que tenía puestas las tarjetas con mensajes adulterados. No le dije nada. Dejé que me ganara; total, era solo un juego de niños. Debo confesar que nunca he sido creyente, así que aquellas fiestas navideñas eran para mí, solo una ocasión para convivir con mis amigos y vecinos. Nada más.


Hoy, después de más de cincuenta años, vienen a mi memoria aquellas estampas y no puedo dejar de compararlas con los tiempos que se viven actualmente, donde la vorágine del consumismo nos ha calado hasta el tuétano. Por ejemplo, las preciosas tarjetas navideñas que eran verdaderas obras de arte, ya son cosa del pasado. Toda la cultura está digitalizada: tarjetas, canciones, abrazos, aplausos, amores. ¡Snif! ¡Snif!

Poesía Carlos Interiano