viernes, 25 de agosto de 2017

EL SICARIO


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Ha perdido su conciencia social y la razón de su esperanza; no tiene anhelos que perseguir.

La última vez que lo vi fue aquella mañana de mayo de 1983. Había llegado a confesarme que trabajaba para la temible unidad de inteligencia del ejército, más conocida como G2. Llevaba el rostro desencajado “y dispuesto a quebrarte”, como me diría con actitud un tanto violenta, al tiempo que acariciaba su escuadra 45, incrustada en la cintura. “Solo porque somos compadres”, me dijo. “Aquí estoy, cumplí tu propósito”, le respondí, bastante temeroso que consumara su intención.

Se echó a llorar como un niño. “Ahora ya lo sabés”, me dijo. Y agregó: “Tendré que irme del país, porque si no te mato, me matan; y si te mato, también me matan, porque así operan estos hijos de la…”. Me dio un abrazo y se fue en silencio. Años más tarde me enteraría que le dieron muerte en Nueva York.

Este vecino mío, con quien habíamos crecido como hermanos, había sido un adolescente maltratado por su padre, quien literalmente lo agarraba a planazos con su machete, dejándole su espalda totalmente macerada. Había aguantado por años aquella tortura, hasta que decidió marcharse a la Capital.

La selva de asfalto haría su parte en el deterioro de aquel joven con quien un día soñamos juntos alcanzar la cima. “Quizá seamos cantantes o famosos escritores”, me decía. Cuando lo volví a encontrar en la Capital vivía en la colonia Las Ilusiones, zona 18. Luego del terremoto del 76 se trasladó a la colonia Madre Dormida de la zona 7.

En aquella ocasión, que lo vi por última vez, me confesó que había dado muerte a varias personas, por órdenes expresas del aparato de inteligencia; algo así como un sicario cuyo sueldo lo pagaba el Estado. Horrores del conflicto armado guatemalteco. Aquel mataba por una mezcla de venganza personal y por instrucciones precisas de un ente institucional. Ahora, los sicarios matan por motivaciones propias, y acaso por un proceso de degeneración de los valores morales, o ausencia de estos, que la misma sociedad no supo inculcarles desde los años más tempranos.

Una cosa es segura.  Los sicarios operan como resultado de un sistema enajenante que les ha negado desde niños el derecho de vivir una vida digna, con ternura social, con seguridad integral, con motivación constante. Son, en sí mismos, la huella visible de un sistema social excluyente y totalmente discriminatorio. Un sistema que marca la eterna tragedia entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco, bajo la mirada indolente del Estado. La pena de muerte a ellos les da risa.


El sicario ha perdido su conciencia social y la razón de su esperanza; no tiene anhelos que perseguir; y, por lo tanto, vive el hoy y aquí. Si el sistema excluyente en que vivimos no cambia su hoja de ruta, no les extrañe a quienes viven en la zona 14, Las Luces y otras zonas exclusivas, que pronto legiones de sicarios tomarán su vida y sus pertenencias. Ojalá y me equivoque.

viernes, 18 de agosto de 2017

VIOLENCIA A LA CARTA

Hay algunos diputados que tratan de impulsar la pena de muerte aprovechando la coyuntura.
La sociedad guatemalteca se desangra. El país se está convirtiendo en un botadero de cadáveres, escenario de balaceras recurrentes, millones de investigaciones realizadas por los cuerpos de seguridad y el Ministerio Público, un aparato de justicia colapsado que ha sobrepasado su capacidad de hacer una justicia pronta y cumplida.
Ese es el escenario que nos pintan algunos medios de comunicación, quienes, incluso, se han dado el lujo de desplegar considerables espacios a dar una versión de espectáculo respecto de los hechos.
Ayer miraba en la televisión el caso de un estudiante de medicina que, gracias a un grueso libro que llevaba consigo, había logrado sobrevivir al ataque.
La noticia, en sí misma, no es inadecuada. Lo incorrecto es el espectáculo usado para transmitirla. Como si se tratase del triunfo de Barrondo, con una amplia sonrisa, la presentadora hacía gala del golpe de suerte del muchacho.
De estos hechos violentos hay varios actores que se aprovechan. Por un lado, están determinados medios de comunicación, especialmente televisivos, quienes convierten esta información en un producto con sabor y olor, aderezado con anécdotas, repetición de imágenes fuertes, acento circense de los presentadores. Esta manera de presentar estas noticias va conformando en el imaginario colectivo una manera muy deshumanizada de percibir estos hechos.Otro actor que pretende llevar agua a su molino es el político. Ayer vi la iniciativa de un diputado, por cierto, cuestionado por discriminador, declarar que le harán una encerrona al ministro de Gobernación debido a la ola de violencia.
Están en su derecho de citar a los funcionarios de Gobierno, pero en vez de hacer show, más bien, tienen la harta obligación de legislar para que, por leyes estrictas, cambien las condiciones sociales de este país, cuyos focos de terror se marcan precisamente en los sectores más vulnerables.
Hay algunos diputados que tratan de impulsar la pena de muerte, aprovechando la coyuntura que vive el país, y se presentan a la opinión pública como angelitos probos a exigir que, esta medida, por cierto, descartada en la mayoría de países del mundo, sea restablecida.
Yo no estoy de acuerdo con la pena de muerte por razones éticas, pero también por razones prácticas. En el pasado se aplicó, y las estadísticas fueron contundentes en explicar que los niveles de criminalidad no disminuyeron. Debieran saber que para el delincuente la muerte es solo un paso más en su complicado engranaje de destrucción. Lo que debe atacarse son las causas y no los efectos.
Y las causas, todos las sabemos: la ausencia casi total de políticas sociales, un modelo económico altamente disfuncional que hace más rico al rico y más pobre al pobre. En nuestros días se agrega ese tonito con que algunos medios convierten en producto de consumo diario la información violenta. Aliviados estamos.

viernes, 11 de agosto de 2017

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE INTERNET

Dentro de esta extensa red mundial se encuentran millares de páginas de pornografía para todos los gustos.
Hace muchísimos años, allá en mi querida Chiquimula, fui al cine a ver una película futurista cuyo título quedó grabado en mi memoria: Cinderella. Por supuesto, no tiene nada que ver con el cuento de Charles Perrault (1697): La cenicienta, que, a decir verdad, fue una recopilación de la versión oral que por ese tiempo se trasladaba de generación en generación. 
Pues bien, esta película de la que escribo se trataba de cómo las parejas harían el amor carnal en el futuro. Y asómbrese usted, pues en lo que a mí concierne, no me pareció muy atractivo que digamos. Encerrados en una especie de cápsula, la pareja ingería una pastilla y unía sus dedos índices, y así permanecían quietos, como dos insectos, durante un considerable período de tiempo. Si la pareja experimentaba algo más que el calorcito de sus dedos, no lo supe jamás. 
Este era el ingenio de los cineastas de aquellos años sesenta: candorosos hasta para abordar uno de los temas más candentes de la vida humana: el sexo. Sesenta años después aquella película, en su tiempo, un tanto atrevida, es hoy un pálido ejemplo de lo que vino después en materia de cine erótico. 
Escenas descarnadas, abiertamente explícitas se exhibían en carteleras de los principales cines de la ciudad capital. Para no pecar de niño de primera comunión, debo admitir que algunas veces me metí a algún cine de esos. Por supuesto, eso fue hace muchos años, cuando la testosterona hacía estragos en mi cuerpo. 
Pero el propósito de esta columna no es hablar de mí, sino de cómo los jóvenes encuentran hoy día su dosis de entretenimiento erótico. En las últimas dos décadas se ha producido la gran revolución digital con el cada vez más potente sistema de comunicación que jamás la humanidad haya soñado: el Internet. Y dentro de esta extensa red mundial se encuentran millares de páginas de pornografía para todos los gustos, citas virtuales con desconocidos, encuentros eróticos jamás soñados por la generación de los baby boomers. Y, por supuesto, hasta casos de actos criminales mediados por una intención sexual o por lo menos, erótica. 
Los jóvenes (y los no tan jóvenes) están expuestos a esta nueva dinámica del amor. Uno de frías teclas, de bits que corren por las supercarreteras de la información, por imágenes trucadas, por emoticones, por gifs eróticos que se contonean frente a sus ojos, por sonidos sintéticos que simulan las más ardientes pasiones, por la posibilidad de sexo “en vivo”, por supuesto, cada uno desde su ordenador. 
La industria tecnológica ha creado ya los simuladores que, me imagino, lo dejan a uno exhausto después de un extraño encuentro furtivo con el amor de su vida, con solo colocarse un par de lentes estrafalarios y conectarse a un computador, tiempo después del cual, usted no sentirá ni pena ni gloria. Esto no deja huella en el corazón, ni crea lazos jurídicos; es más, ni siquiera tiene que aprenderse el nombre de su pareja. De este tamaño es el amor en los tiempos de Internet. ¿Se anima usted?

viernes, 4 de agosto de 2017

PASANTÍA DE VEJEZ

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No importa la edad cronológica que tengan esas personas. Pueden ser imberbes de 15 o barbudos de 80. El rango es muy amplio.
En uno de esos tantos casos de gazapos periodísticos, una reportera indicaba, en un telenoticiero lo siguiente: “anciano de 51 años es encontrado muerto en un motel”. La noticia fue motivo de chiste para varios amigos que acaban de alcanzar esa edad. Claro que medio siglo es una cosa seria, y quizá eso haya sido el parámetro que usó la reportera para tal calificativo.
¿Cuándo se es viejo?, es una pregunta cuyas respuestas son múltiples, dependiendo de muchas circunstancias. Hay personas que a los 20 se consideran viejos; otras en cambio, a los 80 años se consideran jóvenes y vitales. Una vez un amigo me dijo que la vejez es una categoría mental, cuyo origen es la suma de todas nuestras experiencias de vida.
La vejez es, en cierta forma, el agotamiento de todas nuestras posibilidades: en lo económico, ya no somos sujetos de crédito, en lo fisiológico, se concentran todas las dolencias del mundo.
Nuestra piel es el mapa donde han quedado grabadas las mil batallas por la vida, y en cada una de ellas, las huellas son visibles, por más maquillajes y cirugías plásticas que se usen.
En lo mental, aquellas pequeñas omisiones se van convirtiendo en inmensas lagunas, hasta transformarse en insondables mares de olvido. En lo emocional, una batalla final nos convierte en terrenos plagados de cadáveres sin haber ganado la guerra. Ser viejo, en suma, es claudicar ante los retos que nos plantea la vida; abjurar de aquellos ideales que construimos cuando éramos jóvenes. Ser viejo es quizá, dejar de lado el arado y ponerse, en un día gris, a contemplar nuestro pasado, sin atrevernos a dar un paso hacia adelante.
Ahora bien, ¿cuántas personas existen en este mundo que a los 20 o 30 años están haciendo ya su pasantía de vejez? Las veo algunas veces en las aulas que frecuento, en cuyo rictus se refleja el desánimo, el desinterés por las cosas importantes de la vida, en la alegría de descubrir cosas nuevas, en la anomia intelectual, en su renuencia a caminar por las fronteras de la ciencia, en su marcada apatía por ser mejores cada día.
Pero veo, para fortuna mía, a otros jóvenes rebeldes, desafiantes, pujantes, vitales, que caminan por un sendero de esperanza, seguros de encontrar la piedra filosofal que habrá de convertir en oro todo lo que tocan. Esos jóvenes son los que construyen futuro, tejen ciudadanía, alimentan el tejido social, levantan expectativas de un mejor país, desafían a la ciencia, la tecnología, las ideas. No importa la edad cronológica que tengan esas personas. Pueden ser imberbes de 15 o barbudos de 80. El rango es muy amplio.

Sobre los hombros de esos jóvenes descansa la prosperidad, la felicidad, el desarrollo, la fertilidad humana, la maravilla de estar vivos. Esos jóvenes desafían la decrepitud, no por los años que han vivido, sino por la actitud positiva con la que han sobrevolado los más aciagos momentos de su vida. La pasantía de vejez, amigos míos, es un trance que me resisto a recorrer, por más arrugas que se muestren en mi rostro.

Los olores que nos nombran

Esta gama de olores conforma, en su conjunto, el bagaje cultural que es capaz de identificarnos en nuestra individualidad. Cuando era...