viernes, 27 de mayo de 2016

LUDOPATÍA VIRTUAL

Columna publicada hoy en el Diario de Centro América


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El “héroe virtual” es capaz de decapitar a cientos de individuos en un santiamén, sin que esto cause el menor rasguño en el alma del joven jugador.

La ludopatía es un trastorno que aunque no es considerada en sí misma como una enfermedad puede ocasionar serios problemas en la vida cotidiana. Un ludópata es aquella persona que siente compulsión irrefrenable hacia el juego, especialmente los juegos de azar. Apuestan grandes cantidades, no con el propósito de ganar, sino como un mecanismo para canalizar estados de tensión. Una persona que padece de este trastorno puede perder familia, casa y demás bienes, recurrir a préstamos e incluso al robo, para desahogar su compulsión al juego.

Por analogía, el mundo virtual ha venido a provocar en algunas personas, especialmente niños y adolescentes, el desarrollo de ciertos hábitos relacionados con el uso excesivo e irrefrenable de dispositivos que los conecten con esta dimensión. Por supuesto que no es solo la virtualidad lo que ha provocado dichos hábitos. Estos se extienden a cualquier manifestación de tecnología digital. Vemos cómo las salas de videojuegos en los grandes centros comerciales están llenas de jóvenes y niños dando rienda suelta a sus hábitos compulsivos de consumo lúdico. Quienes provienen de familias con mayores ingresos se compran sus aparatos de video juegos para manipular en casa. En otras palabas, mientras más cerca la tentación, más posibilidad de adquirir el hábito ludopático.

En algunos países existen estudios muy serios que revelan cuánto afecta el uso excesivo de tecnología digital y virtual en la conducta de niños y adolescentes, al extremo de apartarlos del mundo real y sumirlos en un estado permanente de fantasía donde se realizan sus sueños con un solo clic en la computadora o su dispositivo móvil. En el internet se encuentra una vasta oferta de juegos que incitan e inculcan los juegos con dinero “ficticio”. Otros, que contienen dosis de violencia extrema. El “héroe virtual” es capaz de decapitar a cientos de individuos en un santiamén, sin que esto cause el menor rasguño en el alma del joven jugador.

Llama la atención un programa de rehabilitación de jóvenes que han caído en esta situación de uso irrefrenable de la tecnología digital (videojuegos e internet), llevado a cabo en China. Sucede que el ejército de ese país tiene un programa de entrenamiento militar donde los padres inscriben a sus hijos para someterlos a un proceso de rehabilitación de conducta que los lleve a dejar el hábito de consumo digital. Por supuesto que existen casos extremos como aquel joven que murió después de pasar 23 horas sentado frente a la máquina de videojuegos.


Usted, padre de familia ¿supervisa el tiempo y la calidad de videojuegos que usan sus hijos? ¿Incursiona alguna vez en sus sitios favoritos para saber qué ven sus hijos? ¿Comparte tiempo sano con ellos y les supervisa el uso de videojuegos e internet? Por supuesto que las nuevas tecnologías no son buenas ni malas en sí mismas sino el uso que hacemos de ellas. La dosificación depende de usted.

viernes, 20 de mayo de 2016

HUÉRFANOS DIGITALES

Publicado en el Diario de Centro América el 20 de mayo de 2016


Los padres se han involucrado en el juego cibernético, descuidando tareas vitales en la formación de sus hijos.

Luego de regresar del colegio, el niño de 9 años se disponía a realizar sus tareas. Al iniciar su trabajo de matemáticas le surgió una duda, la cual quiso resolver de inmediato preguntando a su mamá. Espérame un momentito, le dijo la joven mujer, mientras chateaba en su celular. Ese momentito se convirtió en dos horas, tiempo durante el cual el colegial suspendió toda actividad escolar y también se dedicó a manipular los juegos digitales en el teléfono de su hermano mayor.

Esta escena es una experiencia que se repite actualmente en cualquier hogar, sin importar nivel educativo o clase social. En Guatemala existen aproximadamente 21 millones de teléfonos celulares, lo cual hace un promedio, en forma simplista, de dos aparatos por persona joven o adulta.

En la segunda mitad del siglo 20, se señaló a la televisión de ser la causante de un estado de dispersión familiar, ya que los niños le dedicaban en promedio, 4 horas diarias a mirar sus programas favoritos. Fue tanto el estado de alarma que algunos críticos la llamaron “la niñera” ya que era una forma de entretener a la prole. En los primeros años del presente siglo, son los dispositivos digitales los que están ocupando aquel lugar que ocupara la televisión, pero con un componente más: los padres se han involucrado en el juego cibernético, descuidando tareas vitales en la formación de sus hijos.

¿Qué hay de malo jugar de vez en cuando en el celular? Aparentemente nada, si se toma con responsabilidad y se utiliza estrictamente el tiempo de ocio para ello. Tiempo de ocio es una categoría sociológica que determina aquel espacio libre que no se usa para el trabajo, para el descanso, la alimentación y otras actividades vitales. En la vida tan corrida de hoy día, el tiempo de ocio se reduce a un promedio de dos horas diarias. El problema radica en que realizar actividades tales como responder mensajes electrónicos, chatear, ver videos, meterse a las redes sociales, se convierte en un hábito que le resta al ser humano la posibilidad de realizar las actividades cotidianas con relativa normalidad. Simplemente el tiempo que debiéramos ocupar en nuestras ocupaciones profesionales o de otra índole, lo mal gastamos en tareas sin importancia.


En el caso de los hijos, este tiempo que se dedica al uso permanente de las redes sociales y otras actividades virtuales repercute en la desatención de sus necesidades básicas y su tarea de formación extraescolar, tal el caso de revisión y supervisión de tareas, acompañamiento en sesiones de lectura o simplemente conversación familiar que posibilita el sano entretenimiento y fomenta la comunicación entre sus miembros. Actualmente se ha acuñado una nueva categoría sociológica para denominar a aquellos niños cuyos padres pasan más tiempo metidos en las redes sociales, escuchando videos o simplemente chateando que ocupándose de sus hijos. Esta categoría es “huérfanos digitales”. En otras palabras, los padres existen, pero los separa la Internet.

viernes, 13 de mayo de 2016

Usureros

Publicado en el Diario de Centro América el viernes 13 de mayo de 2016

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¿Controla la Superintendencia de Bancos a estas instituciones que se dedican a estas actividades altamente lucrativas?

En la carretera hacia el Salvador, a la altura del mirador de Vista Hermosa, una enorme valla publicitaria destaca un anuncio que ofrece préstamos rápidos sobre garantía prendaria, especialmente automóviles. El anuncio tiene un discurso que atrae la atención de cualquier persona necesitada de resolver de inmediato una penuria económica.

Movido por la curiosidad, llamé al número telefónico que anuncia la valla, al otro lado de la línea responde una señorita (o señora) con tono muy cordial, quien pide los datos personales antes de dar la información solicitada: motivo de su llamada, teléfono, dirección, tipo de automóvil, marca, año, etc. Acto seguido conecta a otra persona que da la información sobre los préstamos.

Aquí viene lo sorprendente. La persona indica las condiciones sobre las que prestan el dinero. A quienes solicitan menos de 10 mil quetzales les cobran mensualmente 1800 quetzales de interés, o sea, el 18 por ciento, algo así como el 216 por ciento anual. A quienes solicitan más de 10 mil quetzales le cobran el 16 por ciento mensual, o sea, el 192 por ciento anual. El automóvil que se da en garantía prendaria es sometido a control mediante el sistema GPS, lo cual indica que usted será controlado las 24 horas del día.

Pregúntese el lector, ¿es esto o no un interés leonino? ¿es usura? La respuesta es obvia. ¿Controla la Superintendencia de Bancos a estas instituciones que se dedican a estas actividades altamente lucrativas? ¿Cuál es la ley que rige sus actividades económicas? Tal pereciera que son grupos de personas que operan al margen de cualquier normativa pero que sin embargo, tienen dirección física donde se puede ejercer algún tipo de control por parte de las autoridades competentes, a efecto de garantizar que se rijan por cánones éticos y legalmente controlados.

Aclaro que no estoy en contra de la libertad empresarial; sin embargo, considero que toda actividad de este tipo debe evitar lesionar los intereses ciudadanos quienes por una u otra razón se ven en la necesidad de enajenar sus bienes para resolver situaciones de emergencia económica. Lucrar con la necesidad humana es siempre un acto reñido con la ética y muchas veces con la ley.

El caso que sirve para ilustrar esta columna es solo un ejemplo de muchas empresas que se dedican a esquilmar a la ciudadanía arrebatándole literalmente sus bienes mediante contratos leoninos y usureros que la mayoría de veces no pueden cumplir. Allí está el caso de las tarjetas de crédito e incluso bancos cuyas tasas de interés son un asalto al bolsillo de los ciudadanos.


Quizá esta sea una voz en el desierto. Quizá pase desapercibida por las autoridades que deben velar por el correcto manejo de estas “empresas” usureras en cuyas garras caen personas desesperadas por la asfixiante situación económica que padecen. A lo mejor surja de sus cenizas, un Chapulín Colorado que nos defienda con su astucia y sagacidad de antihéroe. 

viernes, 6 de mayo de 2016

El efecto ajedrez

Publicado en el Diario de Centro América el 7 de mayo de 2016



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Somos como las piezas del ajedrez: desempeñamos una función específica en el juego, pero una vez este termina, en la caja donde nos meten somos exactamente iguales.

La larga época del conflicto armado guatemalteco  polarizó a la sociedad en una perniciosa dicotomía de ricos y pobres. Por un lado, los ricos, aquella camarilla dueña de los medios de producción que defendía sus intereses económicos a como diera lugar. Por otro, los pobres, aquella masa laboral que enajenaba su fuerza de trabajo por salarios miserables que apenas les alcanzaba para llevar un bocado a su boca.

Aquella polarización trajo una pugna que para los teóricos del marxismo se conoce como lucha de clases. Los resultados de esta fueron desastrosos para la sociedad, con una cauda de miles de muertos, huérfanos y viudas cuyos efectos sin lugar a dudas, se están viviendo actualmente en una sociedad con taras en su desarrollo social y económico. Durante esos años no había espacio para el diálogo; la voz ronca de las armas lo había sustituido. Imposible hablar de consensos. Era el disenso el portavoz de la lucha social en contra de la lucha empresarial y grupos de poder. Por su parte, estos se sostenían en una institución armada diseñada más que para defender a la patria, para proteger sus intereses.

No obstante esta polarización, por causas internas y externas, Guatemala logró superar esa lucha fratricida. Llegó el 29 de diciembre de 1996 y se silenciaron los fusiles. Los generales se abrazaron con los comandantes y los representantes de los sectores pudientes del país. Se forjó una aparente armonización de las fuerzas sociales y se reconocieron algunos espacios políticos para la joven sociedad emergente que reclamaba más participación en la cosa pública.

Sin embargo, a casi veinte años de aquella gesta, los grupos sociales en pugna han mantenido una línea equidistante en sus relaciones. Por un lado, los grupos de poder se afianzan cada día en su afán por incrementar su capital a veces a costa de pagar salarios de miseria a los trabajadores. Se debe reconocer que en esta dinámica ha surgido un grupo emergente que lucha por alcanzar mejores niveles económicos a expensas de negocios ilícitos, competencia desleal, esquilmar al estado, y una larga cola de actos ilícitos.

En tanto, la clase obrera y el campesinado, continúa una ruta de empobrecimiento extremo que lo está llevando a niveles de desesperación y en muchos casos, una peligrosa agitación social que puede regresar al país a los estadios del pasado conflicto armado. La falta de políticas integrales de desarrollo social que den a los sectores marginados la oportunidad de superar sus niveles de calamidad económica puede desembocar en una nueva polarización social de efectos impredecibles.


Es preciso que quienes manejan el país como si fuera su finca personal piensen que la riqueza debe surtir el efecto cascada que pringue a todos, pues al fin y al cabo, somos como las piezas del ajedrez: desempeñamos una función específica en el juego, pero una vez este termina, en la caja donde nos meten somos exactamente iguales. ¿Para qué tanta riqueza en pocas manos?

Los olores que nos nombran

Esta gama de olores conforma, en su conjunto, el bagaje cultural que es capaz de identificarnos en nuestra individualidad. Cuando era...