viernes, 29 de septiembre de 2017

LA CALIDAD EDUCATIVA SUPERIOR


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Salvo honrosas excepciones, no existen estos institutos que formen la masa científica, técnica y crítica del país.

Cuando era un joven maestro, con grandes sueños, aunque con un océano de inexperiencia, el Ministerio de Educación nos sometió a la tortuosa labor de planificar la docencia utilizando el modelo de Bloom, aquellos famosos objetivos operacionales: cognoscitivos, afectivos y psicomotrices. En el ámbito de la educación las modas se imponen. Hasta hace poco se hablaba de eficiencia y eficacia en el proceso educativo. Hoy todo mundo habla de competencias.
En el nivel universitario, por ejemplo, las autoridades pregonan que se debe asegurar la calidad educativa. Responden a las disposiciones que los educadores de escritorio han impulsado a través de la Unesco y otras instituciones internacionales que justifican sus jugosos salarios quebrándole los sesos a los profesores que a diario se rifan el físico en las aulas.
No estoy en contra de buscar la mejor calidad que sea posible. Sin embargo, a decir verdad, esta ansiada panacea está muy lejos de ser alcanzada en algunas universidades. Hemos detectado, por ejemplo, que, para planificar por competencias, se está recurriendo al viejo modelo de Bloom, impuesto desde la alta jerarquía, como si estuvieran inventando el agua azucarada. Perdonen, este experimento lo rechazamos los profesores que teníamos los pies en las aulas en aquellos años 70. Simplemente no funcionó.
¿Cómo alcanzar la calidad educativa a nivel superior? Hay tres premisas fundamentales: la primera, no castrar la imaginación de los estudiantes, sino más bien, provocar su natural sentido de búsqueda de información, que les permita responder a preguntas más que proporcionarles respuestas. Ello supone que tengan un cuerpo docente formado técnicamente. Actualmente, salvo pocas excepciones, los docentes universitarios son profesionales ocasionales, improvisados, apagafuegos. No existe la carrera docente. Trabajan por hora, como cualquier obrero.
La segunda premisa es que las universidades deben constituirse en centros de investigación y no ser simplemente recicladores de conocimiento. Algunas no tienen estos institutos que formen la masa científica, técnica y crítica del país. Una universidad sin estos centros no es universidad.
Así de simple. En el proceso de producción de tesis, por ejemplo, se dedica más atención en lo periférico, redacción y ortografía, y se descuida lo fundamental: la metodología para recolectar, procesar y producir el nuevo conocimiento.
La tercera premisa se basa en que las universidades deben transformarse en entidades de servicio a la comunidad. La gran dolencia de algunas es que la práctica estudiantil brilla por su ausencia. Si a esto agregamos que las privadas están exentas del pago de impuestos, es exigible que devuelvan a la sociedad su aporte en especie: técnica y científica. No enfrentar estas tres premisas es como querer manejar un Lamborghini a 200 kilómetros de velocidad en un camino de terracería.

sábado, 23 de septiembre de 2017

DON JULIO SANTOS

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En mi mente quedó grabada aquella imagen del caballero que sabía cumplir su palabra.
Era una tarde del mes de abril de 1975. Nos encontrábamos en la Escuela Centroamericana de Periodismo ECAP. De pronto, mi compañero Serapio Donis se me acercó y me dijo: “A aquel señor que viene allá no hay que hablarle porque dicen que es de derecha”. Al tiempo que decía esto los dos dirigimos la mirada hacia el personaje. Él advirtió nuestra conversación y amablemente se nos acercó a saludarnos. Buenas tardes, caballeros, mi nombre es Julio Santos. Soy profesor de la ECAP.
Un frío inusitado recorrió mi cuerpo, y advirtiendo mi turbación, preguntó mi nombre. Carlos Interiano, le respondí, un poco tímido. Yo soy Serapio Donis, se adelantó a decirle mi compañero. Mucho gusto, nos respondió.
Al finalizar la jornada nos dijo: “Los invito a un café”. En el transcurso de la charla le hice aquella pregunta impertinente: ¿Qué significa ser de derecha? Él soltó una carcajada y con aquel humor un poco negro que en adelante descubriría, me dijo: “Habría que preguntarles a los muchachos que me han puesto ese adjetivo solo porque tengo un Mercedes”.
Los encuentros con el licenciado Santos fueron múltiples. Entablamos una buena amistad. Aquel hombre a quien el movimiento de transformación de la antigua ECAP señalara de reaccionario, resultó ser, a mi juicio, todo un caballero, respetuoso y excelente profesional.
Son muchas sus lecciones de vida que recibí. Una vez llegué a la USAC, y al verme, me dijo: “¿Qué tiene?” Problemas, le respondí. Me contestó: “si sus problemas tienen solución, arréglelos, si no la tienen, olvídese de ellos”. Le voy a contar un chiste, agregó. Y con aquel fino humor, me soltó un relato que, de verdad, me hizo revalorar la vida.
Dirigió la Escuela en un período muy difícil para la USAC (1981-1984). Se vivía una crisis política. El movimiento estudiantil estaba en pie de guerra contra el director. En el 83 se habían creado las carreras de Publicidad, Locución y Fotografía y eso había causado malestar. Esto provocó que él ya no participara como candidato a director, y, en consecuencia, convenimos en que yo lo haría.
Recuerdo que, recién había tomado posesión como director, cuando lo visité en su despacho, y después de saludarlo, le indiqué que quería dar clases en la ECC. “Primero, gradúese”, me respondió. Lo sentí un poco cortante y le contesté: “Hay docentes que no son graduados”. Él me increpó: “Si le doy clases sin haberse graduado, no lo hará nunca”. ¿Quiere eso? Entendí la lección. En julio de aquel viernes de 1981 me había graduado.
En ese momento, se levantó y se dirigió a doña Lucky Mayén, indicándole: “Madame, vamos a hacerle un contrato al licenciado Interiano”. El lunes siguiente comencé mi labor docente en mi querida Escuela de Ciencias de la Comunicación. En mi mente quedó grabada aquella imagen del caballero que sabía cumplir su palabra.
Gracias licenciado Santos, buen viaje a la eternidad.

jueves, 21 de septiembre de 2017

EN LA PLAZA





A Lenina García
Voz mujer. Nueva aurora en el movimiento
estudiantil universitario

En la plaza se anulan las edades
Se eliminan los estratos sociales
Se mezcla el color de la piel
La ideología se transforma en un solo grito
de justicia
Y el grito se transforma en canto
de esperanza

En la plaza se comparte la denuncia
Y se anuncian nuevos amaneceres

La plaza es el punto equidistante
donde se construye matria. Guatemala
mujer, nutricia y lucha
Y se destruyen viejos mitos patrioteros
Y se alza la voz en legítima de defensa
de nuestros sueños

En la Plaza se recupera la dignidad 
de ser guatemaltecos

domingo, 10 de septiembre de 2017

LOS NIÑOS TENÍAN FRÍO

Poema para reflexionar en domingo
Poemario inédito "Las horas desnudas", Carlos Interiano

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Entró la noche en las calles
serpientes, cubos de hielo
La mirada indiferente
de parroquianos y extraños
Entre sorbos de silencio
se fueron muriendo los hilos
de luz, y las tinieblas
se apoderaron del cielo.

En la esquina cual enjambres
de abejas abandonadas
dormitaban unos niños
desamparados y solos
sin una mano paterna
sin los cuidados de madre
Solos ¡Tan solos ellos!

¿Algún lucero que alumbre
la incertidumbre del sino?
¡Quién sabe! Solo la lengua
gigante de la noche los contemplaba
-Gorriones abandonados
sin nido. Nadie posaba la mirada
sobre esos cuerpos dolidos-

Agazapados pernoctaban
en la calle solitaria
Sin presente, sin futuro
Los niños estaban solos
sin protección ni mendrugo
¡Los niños tenían frío!
¡Los niños morían lento!

Y yo, moría con ellos.

viernes, 8 de septiembre de 2017

EL BRAZO SOCIAL II

Mucho se ha dicho que a la gente no se le dé pescado, sino hay que enseñarle a pescar. Estoy de acuerdo.
Hace muchos años conocí al dueño de una panadería. Su negocio era próspero y empleaba a 20 trabajadores distribuidos en dos turnos. Yo miraba que las personas del mostrador atendían con mucha gentileza a quienes llegaban a comprar el pan. Los fabricantes del producto, aunque andaban cenizos con la harina que amasaban, tenían un rostro alegre.
Inquieto por la actitud positiva de los empleados le pregunté cuál sería el motivo de esta. El dueño me respondió de una forma muy sencilla: los trato bien, no los exploto, todos los trabajadores llevan a su casa diariamente, una bolsa llena de producto para su familia. Son gente pobre que ven como una bendición tener un pan que darles a sus hijos.
También hace muchos años los medios de comunicación publicaron una noticia en la que informaban que una famosa granja avícola sacrificaría 25 mil pollitos, ahogándolos en toneles con agua. La razón: sobreabundancia en la producción avícola y el control de precios en la carne del pollo. Pregunto, ¿no habría sido más humano y solidario regalar esos animalitos a personas pobres para que los criaran y tuvieran una fuente de alimento?

Me he enterado, por boca de los propios trabajadores, que, en algunos restaurantes de comida rápida, las porciones que no se venden las tiran a la basura. Y los empleados tienen prohibido llevar esos alimentos a su casa. Pregunto, ¿por qué tirarlos?, ¿por qué no distribuir ese excedente entre los empleados, o por lo menos, donarlos a hospitales, orfanatos, asilos de ancianos? Una persona supuestamente versada en el tema me explicaba que si las empresas permiten a sus obreros llevarse los excedentes podría provocar que elaboren producto demás, y justificar así, la sobreproducción. No sé si tengan razón, o solo se trate de un argumento falaz.
Es urgente que se cree una ley denominada Brazo Social Empresarial, mediante la cual toda empresa que obtenga ingresos auditados por encima de los montos aceptables de ganancia genere su programa de ayuda a sus trabajadores, aplicando mecanismos de verificación que comprueben que no están maquillando sus informes contables.
Mediante el programa de Brazo Social Empresarial las propias empresas manejarían sus recursos destinados a producir competencias de productividad de sus empleados, familiares u otras personas de escasos recursos, abarcando áreas de producción de interés empresarial.
Las empresas buscarían crear competencias para la vida con oficios de alto rendimiento económico, contrario a la fábrica de profesiones de nivel medio que ofrece el sistema educativo actual.

Mucho se ha dicho que a la gente no se le dé pescado, sino hay que enseñarle a pescar. Estoy de acuerdo; pero se deben producir cambios significativos para que el efecto de rebalse de estas estrategias alcance a quienes no tienen comida, no tienen vivienda, no tienen salud, ni educación; y, por lo tanto, no tienen un futuro promisorio.

viernes, 1 de septiembre de 2017

EL BRAZO SOCIAL

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Tener una sociedad mejor nutrida, mejor educada y en condiciones dignas de vida nos conviene a todos.
Había una vez una linda jovencita que vivía en uno de los asentamientos de la capital, quien soñaba con su príncipe encantado: guapo, joven, rubio y adinerado. “No importa que no me quiera”, se decía a sí misma. Y agregaba: “El amor vendrá después. Lo importante es que me saque de esta miseria en que me encuentro”.
Los años pasaron, y de tanto poner de cabeza a san Antonio, y encenderle muchas velas rojas, un día, como por encanto, un muchacho le pidió auxilio. Le acababan de robar su carro en el puente del Incienso. Encarnaba al tipo de sus sueños. Ella le prestó su “frijolito” para que él hiciera una llamada y llegaran en su auxilio. Mientras esperaban, entablaron aquella dulce conversación que finalmente los llevaría al matrimonio.
Claro que la anterior anécdota solo sucede en los cuentos de hadas y príncipes. En la vida real, nuestro país es dicotómico; es decir, está dividido en dos mundos diametralmente opuestos: pocos que tienen mucho, y muchos que tienen poco, o nada.
En los últimos diez años, en vez de mejorar hemos ido de mal en peor. Según datos estadísticos, el nivel de pobreza alcanza el 63 por ciento. De este, el 29 por ciento padece pobreza extrema; es decir, familias cuyos ingresos no les alcanza siquiera para cubrir sus necesidades más elementales. Subsisten, bajo la mirada indiferente de quienes gozan de altos estándares de riqueza acumulada.
Este no es un discurso de izquierda, como podría pensarse. Es una pálida radiografía de la realidad guatemalteca.
No existe un pacto de solidaridad que constituya el brazo social de quienes tienen holgadas posibilidades de producir riqueza, puesto que cuentan con educación, capital suficiente y medios de producción disponibles en favor de ese alto porcentaje de guatemaltecos que vive por debajo de la línea de la pobreza.
Este brazo social debiera concretarse en una legislación que garantice una distribución de las ganancias marginales (el marxismo las llama plusvalía), es decir, aquellas que se quedan en el bolsillo de las empresas, luego del porcentaje normal de rentabilidad que estas les generan. Esta bolsa de recursos debiera destinarse a elevar el nivel de vida de los más desprotegidos. Al final de cuentas estas inversiones tendrían una tasa de retorno a las empresas por la vía del consumo.
Actualmente algunas empresas han creado fundaciones dizque para beneficios sociales. Sin embargo, la experiencia da cuenta que se han constituido muchas de ellas en mecanismos para evadir impuestos y, en el menor de los casos, para calmar la conciencia de sus propietarios.
Quizá haga falta un poco de presión desde lo legal para que se dé el efecto de rebalse de la producción en beneficio de los más necesitados. Tener una sociedad mejor nutrida, mejor educada y en condiciones dignas de vida nos conviene a todos. A lo mejor los ricos encuentren en la pobreza su inspiración para ser mejores guatemaltecos. ¡Quién sabe!

Los olores que nos nombran

Esta gama de olores conforma, en su conjunto, el bagaje cultural que es capaz de identificarnos en nuestra individualidad. Cuando era...