viernes, 27 de octubre de 2017

OLIVERIO CASTAÑEDA

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Él, colocado en la bifurcación de los caminos que separan la cobardía de la inmortalidad, decidió por lo segundo.

Dos semanas antes del 20 de octubre de 1978, Oliverio Castañeda de León había llegado a la Escuela de Ciencias de la Comunicación para conversar con nosotros, miembros del comité ejecutivo de la Asociación de Estudiantes de la ECC. Lo recibimos en uno de los salones de clase y charlamos por un largo rato. Su característica sonrisa y modales de caballero se manifestaron durante el encuentro. Ambos pertenecíamos al grupo estudiantil FRENTE, y, por lo tanto, había un cordón umbilical que nos unía.
El 19 de octubre de aquel fatídico año, se había montado un entramado de comunicación para apercibirnos de no participar en la marcha del 20 de octubre. A mí me llamó una voz anónima. No asistí a la marcha, no obstante, que le había prometido a Oliverio que lo haría.
Oliverio, junto a otros compañeros dirigentes había sido amenazado de muerte por el Ejército Secreto Anticomunista –ESA–. Sin embargo, él, colocado en la bifurcación de los caminos que separan la cobardía de la inmortalidad, decidió por lo segundo. Sus escasos 23 años fueron la espoleta que detonó aquella decisión. Pasado el mediodía, se dejó escuchar su vibrante discurso como el último de los oradores. 
Minutos después, el joven revolucionario se convirtió en una esperanza rota para nuestro país, aunque la memoria colectiva ganó un héroe más que se coloca en el pináculo de la inmortalidad junto a los grandes: Alberto Fuentes, Adolfo Mijangos, Mario López Larrave, Manuel Colom y otra pléyade de combatientes por la democracia. 
La noticia de la muerte de Oliverio se propagó como reguero de pólvora por todo el sector estudiantil, sectores populares y sindicales, y, por supuesto, en todo el contexto universitario. Las órdenes de los verdugos de la patria, había sido cumplida. Las balas asesinas dieron muerte a un cuerpo para dar vida a un héroe: “Oliverio no está aquí, Oliverio dónde está. Oliverio está en las calles, reclamando libertad”. Esta fue una de las frases que se convirtieron en estrategias de agitación en los años sucesivos. 
Aquella tarde del 20 de octubre, afectado por la noticia, escribí este poema que publicaría en hojas mimeografiadas con el pseudónimo de Mauricio Ibarra Ximénez: Era apenas/ un bellón/en el jardín de la esperanza/¡Y lo cortaron de tajo!/Era un camino recto/en cuya senda se esparcían/ vientos de libertad/¡Mientras haya pueblo/habrá revolución!/Era el eco de la historia/persiguiendo las huellas/de la vida/y traspasó los umbrales de la muerte/ para construir la vida/Era la síntesis de la esperanza/Los elegidos por la historia/de los pueblos/nunca mueren/ ¡Oliverio hecho presente!/¡Oliverio hecho futuro!
Han transcurrido 39 años de aquel abominable acto terrorista, y aún la voz de aquel joven dirigente resuena en nuestros tímpanos. Las jóvenes generaciones tienen el deber de dar continuidad a su proyecto de justicia social; y los viejos de hoy, la ineludible tarea de invocar su nombre, allí donde haya injusticia y se requiera un grito de libertad.

viernes, 13 de octubre de 2017

DE REMESAS Y TURISMO

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Este año, al mes de septiembre el Banco de Guatemala reporta por ingresos de remesas, 6,097,334 millones de dólares.

Debo admitir que mi única experiencia en turismo fue un reportaje que realicé sobre Antigua Guatemala, siendo estudiante de comunicación. Dicho trabajo me valió una beca para estudiar periodismo turístico en Medellín, Colombia. Era aquel lejano 1977. Como resultado de dicha aventura académica conocí a la hermosísima María Elena, con quien entablamos una relación de cartas durante algún tiempo, hasta que la guadaña de la distancia cercenó aquella ilusión.
Han pasado muchos años. El turismo es hoy un rubro muy importante en la generación de divisas. Ocupa el segundo lugar. El primero son las remesas: esos ingresos que reciben miles de guatemaltecos de parte de sus familiares que, a fuerza de angustia, cansancio, sudor y lágrimas, inciden en la economía, dando su significativo concurso a las grandes cuentas nacionales, y por supuesto, llevando el pan a la mesa de los más necesitados. Este año, al mes de septiembre el Banco de Guatemala reporta, por ingresos de remesas, 6,097,334 millones de dólares. Nada menos que el 58 por ciento del presupuesto nacional del 2017. Si algún día nuestros paisanos en el extranjero se declararan de brazos caídos y no enviaran la sagrada remesa, Guatemala se convertiría en el país más pobre de la Tierra. ¡Y pensar que muchos de nuestros hermanos que han emigrado apenas saben leer y escribir, sin embargo, tienen una voluntad de hierro y un sentido de solidaridad, que bien debieran emular los grandes potentados y muchos aprovechados que hacen del tesoro nacional su caja chica! En cuanto al turismo, el Banco de Guatemala reportó a diciembre de 2016, 958.8 millones de dólares, aproximadamente 7,191 millones de quetzales. Durante ese mismo año, en cambio, las remesas familiares alcanzaron la cantidad de 7,159,967.6 millones de dólares ¡7 veces más que el turismo!
Como decía al inicio de esta columna, no sé mucho de turismo. Sin embargo, el sentido común me indica que el país tiene muchos rubros de atracción. En primer lugar, un patrimonio cultural envidiable, por cierto, muy descuidado; una variedad climática, fauna y flora diversa que, a pesar del deterioro medioambiental y los altos índices de contaminación, aún se exhibe exótica. También posee prácticas culturales ancestrales: ceremoniales, telares, comida, idiomas, en fin, un sinnúmero de cualidades que el extranjero podría buscar.
Hace falta, por supuesto, mejorar la infraestructura del país, especialmente las vías de comunicación, la conservación del patrimonio cultural, el desarrollo y mejoramiento de la hotelería y centros turísticos de diversa índole. Y, por supuesto, una agresiva estrategia para vender a Guatemala en el extranjero y provocar que el turista ponga sus ojos en nuestro país como un lugar de descanso, recreación y enriquecimiento cultural. Del turismo interno mejor ni hablemos. Apenas tenemos para comer y muy pocos recursos para pasear.

sábado, 7 de octubre de 2017

COCHINO DINERO

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Los expertos le llaman Crematomanía a esta enfermedad mental. Nosotros le llamamos simplemente, chuchada.

Cambiar una manzana por una pera, o una zanahoria por una cebolla quizá no tenga ninguna consecuencia más que satisfacer una necesidad de consumo. El sistema de trueque fue usado por centurias en todo el mundo. Todas las sociedades han basado su economía en procesos de intercambio de bienes y servicios. A medida que los grupos humanos fueron haciendo más complejas sus relaciones de producción, distribución y consumo, fueron surgiendo también, mecanismos que les permitieron hacer más ágiles y eficientes estos procesos.
Uno de estos mecanismos, quizá el más importante, es el dinero. Los romanos le llamaban denarius. Para los entendidos en la materia, el dinero posee algunas características importantes: es un medio de intercambio, fácil de almacenar y transportar; es una unidad contable, que permite medir y comparar el valor de productos y servicios que son muy distintos entre sí; posibilita el ahorro y la inversión.
Como instrumento que permite el intercambio, el dinero ha pasado por diversos procesos de materialización. Los mayas, por ejemplo, usaban el cacao como dinero. Otras civilizaciones usaron conchas de mar; y así, cada grupo humano que ha poblado la Tierra ha inventado diversas maneras de transformarlo en instrumento de valor.
En Guatemala, durante las centurias pasadas cada hacendado acuñaba su propio dinero. Esto significaba que elaboraban monedas cuyo valor de intercambio solo era posible entre el patrono y los habitantes de la hacienda. Fuera de esta, no tenía ninguna validez. Algo así sucede con algunos países cuya moneda no es aceptada en otros, por no tener tratados monetarios ni mercantiles. Sin que desapareciera el dinero acuñado en monedas de metal, cada país fue imprimiendo dinero en papel. Se aplicaron los criterios más ingeniosos para producirlo. Algunos billetes son verdaderas obras de arte.
Actualmente se habla de dinero electrónico. Bitcoin le llaman y está generalizándose para realizar las grandes transacciones en el ámbito mundial. Aseguran que es la más segura de las monedas, imposibles de falsificar.
La posesión de dinero, sin embargo, ha generado problemas psicológicos en algunas personas, quienes, de manera compulsiva, se dan a la tarea de acumularlo en cantidades inimaginables. Los expertos le llaman Crematomanía a esta enfermedad mental. Nosotros le llamamos simplemente, chuchada.
Los crematómanos hacen cualquier cosa por acumular riqueza. Practican la transa para conseguir sus objetivos. Extorsionan, roban, engañan, usurpan, timan, despojan. Algunos usan la política como vehículo de sus fechorías. ¿Casos? Piense usted en algunos, no le será difícil detectarlos.
Son individuos insaciables en cuanto a acumular dinero se refiere. Y por esa sed, se convierten en presas de su propia fortuna y terminan siendo personas mezquinas, avaras, socialmente insensibles. ¡Qué asco, cochino dinero!

Poesía Carlos Interiano