viernes, 28 de abril de 2017

IDENTIDAD DIGITAL

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Todo cuanto hacemos en la vida moderna está conectado a Internet y va dejando una huella digital.
Cuántas horas de Internet consume a diario? ¿Dónde lo utiliza? ¿Usa tarjetas de crédito o débito para realizar sus compras, pagar consumos, viajes, entretenimiento, medicinas o hacer compras por la red? Si usted hace todo esto y más, seguramente posee desde hace tiempo una identidad digital, aun sin habérselo propuesto, y sin su consentimiento.
Cuando usted saca dinero de un cajero automático o inserta su tarjeta por la ranura de una caja registradora, está siendo procesada una considerable cantidad de datos sobre su persona. Algunos supermercados incluso han instalado un dispositivo para registrar su firma analógica y convertirla en una huella digital.
La identidad digital es el conjunto de características suyas que reflejan su personalidad individual a través de todas sus acciones de compra, diversión, trabajo, estudio, que a diario realiza. Todo cuanto hacemos en la vida moderna está conectado a Internet y va dejando, lo que los expertos denominan una huella digital.
Esta huella permite el seguimiento y rastreo nuestro, de nuestros hábitos, comportamientos, opiniones, sentimientos y un sinfín de características que nos identifican.
Los programas que vemos, los sitios web que visitamos, las cámaras instaladas en nuestra computadora, nuestros teléfonos móviles, nuestras tabletas, en fin, todo lo que puede conectarnos a la supertelaraña digital constituye el mecanismo más ágil, sofisticado y eficiente para generarnos una identidad. En este momento es posible que hasta tengan el IP de su computadora y puedan rastrearlo para diversos propósitos.
¿Se ha preguntado usted, dónde averiguaron sus datos personales, tales como correo electrónico, número de teléfono, lugar de trabajo y sitios de entretenimiento? La respuesta es muy fácil.
Todos sus actos mediados por la red dejan huella y van conformando sofisticadas y vigorosas bases de datos, en las que usted, si bien es cierto, es un número más, en cualquier momento pueden identificarlo. No se pregunte dónde consiguieron su número esas molestas personas que a diario le llaman para tratar de venderle algún producto o servicio.
Las grandes compañías que venden cualquier cosa, hasta las instituciones de control social, investigación criminal, empresas de mercadeo, entre otras, compran estas bases de datos denominadas en lenguaje cibernético como big data, con el propósito de ubicarnos y ejercer control sobre nosotros. Incluso, el inocente Waze que utiliza para guiarse en transitadas carreteras del mundo es una de esas redes mundiales que permite saber dónde se ubica usted, hacia dónde va, en cuánto tiempo llegará a su destino.
Con sus luces y sombras, la era digital ofrece grandes posibilidades de hacernos más placentera, cómoda y llevadera nuestra rutina diaria.
Sin embargo, debemos tener presente que cada paso que damos en el mundo virtual puede ser rastreado y usado en contra nuestra. Claro que, como dice el refrán, el que limpio se encuentra, ni de jabón necesita.

viernes, 21 de abril de 2017

REFLEXIONES SOBRE EL PODER

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No te hagas de tantos enemigos que no puedas controlar.

El poder es la capacidad para influir en la toma de decisiones, tanto a nivel privado como público. En cierta forma, el poder es efímero; y si bien es cierto llega como el resultado de un esfuerzo sostenido por obtenerlo, sus efectos no duran para siempre. El mundo político y empresarial saben esto y quizá por ello, de alguna manera, se aferran al mismo.

Robert Green publicó en su libro Las 48 leyes del poder algunos consejos en torno al ejercicio del poder. A decir verdad, están basados en el viejo texto de Sun Tzu El arte de la guerra y en el libro de Nicolás Maquiavelo, El Príncipe. Estos textos constituyen una especie de recetario de cómo un líder puede y debe utilizar diferentes estrategias para ejercer y conservar el poder. No está de más decirlo: estos libros han dormido debajo de la almohada de innumerables políticos y jefes de Estado.

Reflexionar sobre el poder nos lleva irremediablemente a cómo los líderes de todas las naciones imponen su voluntad en el ejercicio de una autoridad legítima, sea por nombramiento o elección popular, o por usurpación mediante la fuerza. Una persona poderosa lo es en virtud de tener el control de, al menos, tres factores básicos: capacidad para resolver los problemas de los demás, control de los flujos de información interna y externa, conocimiento y experiencia suficientes que le permitan evitar ser sustituida  fácilmente. Cuando uno de estos factores falta, es indicador de una falla en el ejercicio del poder.

Una fórmula que ha llevado a muchos líderes a alcanzar y sostener el poder está concentrada en la ley 27 de Green: Juegue con la necesidad de la gente de tener fe en algo. Para conseguir esto, los expertos recomiendan usar la vaguedad y la indefinición como grandes imanes. En otras palabras, no ofrezca cosas concretas, véndales ilusiones. Recordemos que Hitler usó esta estrategia y logró introducirse en el imaginario colectivo alemán como un salvador, en aquel país destruido económicamente después de la Primera Guerra Mundial.

Alcanzar el poder requiere de algunas estrategias precisas tales como la mencionada anteriormente. Sin embargo, ejercer y mantenerse en el poder demanda otras acciones, entre las cuales pueden mencionarse: Mantenga la serenidad en la toma de sus decisiones. No actúe movido por la ira o la desesperación. No se deje llevar por provocaciones, mantenga la cabeza fría. Conozca la debilidad de sus adversarios para atacar sus flancos débiles. Evite lo ostentoso en la vida pública para no causar envidias innecesarias. En verdad, el recetario es bastante extenso en cualquier manual sobre el poder.


De cara a los últimos acontecimientos políticos de la vida nacional, podríamos añadir una nueva regla: No te hagas de tantos enemigos que no puedas controlar. En una actitud de suma egolatría y altanería política, hacerse de enemigos gratuitos solo abonará al debilitamiento del poder, y como decía Sun Tzu, te traerá la ruina.

sábado, 8 de abril de 2017

PODER Y COMUNICACIÓN


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Debemos reflexionar sobre que no es lo mismo comunicar poder, que poder comunicar.
La cuestión del poder es un fenómeno tan antiguo como la civilización misma. El hecho de ejercer dominio de unos sobre otros está ligado a las estrategias de subsistencia. Darwin lo pintó de manera muy tajante: entre las especies sobreviven las más fuertes.
En la especie humana se dan juegos de poder de diversas maneras. La influencia que ejerce el padre sobre el hijo, el anciano sobre el joven, la mujer sobre el hombre, el jefe sobre el subalterno, el sacerdote sobre el feligrés, el árbitro de futbol sobre los jugadores, son solo algunas muestras.
Pero, ¿cómo se comunica el poder? Existe toda una gama de maneras de comunicarlo. Lo más inmediato es, por supuesto, el lenguaje articulado, oral o escrito. Aquellos encendidos discursos que mueven masas hacia las urnas, o aquellas arengas que están destinadas a resquebrajar un orden social establecido, y motivar uno nuevo, son manifestaciones de la capacidad incendiaria de la oratoria, una técnica tan antigua que era predilecta de los griegos y quizá, de civilizaciones que les antecedieron.
La oratoria es la capacidad que tiene un individuo para encadenar un discurso oral, usando para ello, generalmente los artilugios de la retórica. Antes de la explosión de las últimas tecnologías de comunicación, los oradores se lucían en las plazas públicas con sus encendidos discursos, capaces de anular, aunque fuera temporalmente, la razón y exaltando las emociones y los afectos ciudadanos. Sin duda la oratoria ha sido uno de los instrumentos más poderosos para ejercer el poder.
Por su parte, el discurso escrito también tiene su encanto. A través de este se comunica poder y está ligado a las leyes, reglamentos, órdenes, disposiciones, comunicados, entre algunas herramientas.
Pero el poder también trasciende el lenguaje verbal (oral o escrito). Está presente en muchos recursos extralingüísticos, tales como los colores, los trazos, los objetos, los espacios, el lenguaje corporal, los símbolos, las posturas, solo por mencionar algunos.
Imagínese usted que un simple anillo o una corona puede indicarnos de qué poder se trata. La ubicación de un jefe en una mesa de trabajo es ni más ni menos que una manifestación de poder.
Incluso, en la política internacional existen complicados protocolos que lo comunican, a cada quien su lugar, a cada cual su nivel de trato. Los seres humanos hemos construido códigos especializados para comunicar la influencia de unos sobre otros.
En la vida contemporánea existen especialistas en estrategias para comunicar el poder, tanto a nivel privado como público. Algunos expertos, incluso, blasonan con que cuentan con la fórmula mágica para hacer presidentes de la nación.
A veces, es justo reconocerlo, estos camelan el mundo de la política y cobran cantidades significativas por “sus servicios” cuyos resultados se ven sepultados por una estrepitosa caída en las urnas. Esto llama a reflexionar sobre que no es lo mismo comunicar poder, que poder comunicar.

Los olores que nos nombran

Esta gama de olores conforma, en su conjunto, el bagaje cultural que es capaz de identificarnos en nuestra individualidad. Cuando era...