viernes, 13 de julio de 2018

La población indígena

Título original: Codeca

Ayer realizaron un homenaje en memoria de los líderes indígenas asesinados frente al Ministerio de Gobernación. (Foto Prensa Libre: Twitter)
Fuente: Imagen de Prensa Libre

Siete líderes han sido asesinados hasta la fecha; no se sabe a ciencia cierta, aunque se intuye, por qué manos criminales.

El sistema socio político de exclusión que prevalece en Guatemala desde los años de la intromisión violenta de los españoles en América nos ha predispuesto a anteponer la lente del prejuicio, a procesos de reivindicación de los derechos de los pueblos indígenas y ladinos pobres. A los 300 años de la Colonia se suman los 200 de vida “independiente”, en donde las relaciones de poder han sido siempre desiguales, entre una mayoría que no tiene nada y una minoría que lo tiene todo.

Esta dinámica de poder ha generado un andamiaje económico, jurídico e ideológico que cohesiona el sistema de explotación y exclusión económica, social y política contra la mayoría de guatemaltecos. Entre estos se encuentra la población indígena que, a duro golpe, aun representa un considerable 41 por ciento. Su sangre se ha mezclado con otras expresiones étnicas, generando el mestizaje. Este comenzó a producirse desde los primeros días de 1524, cuando los gachupines tomaban a las mujeres como parte de su botín de guerra. Actualmente, un alto porcentaje de la población guatemalteca es mestiza.

De estos mestizos una considerable cantidad ha buscado su propia cohesión social y se autodenomina ladina; es decir, un criterio de identificación para no ser ni maya, ni mestizo ni negro, ni garífuna, ni español. Por cierto, el diccionario de la Lengua Española la define como astuta y sagaz.

En su mayoría, el aparato administrativo del estado ha sido cooptado por ladinos, quienes han hecho alianzas estratégicas con la élite económica del país:  hacendados, industriales, financieros y comerciantes que han consolidado un grupo orgánico en pensamiento y acción, legitimado por un aparato jurídico, político e ideológico que lo cohesiona. En 1871 se crea el ejército que ha constituido el brazo armado, garante de mantener el estatus quo. Durante muchos periodos de la historia, junto a otras fuerzas represivas del estado ha velado por la seguridad de quienes son los tatascanes del país.

En este contexto de lucha desigual, el Comité de Desarrollo Campesino, más conocido como Codeca, fundado en 1992, es un verdadero David en una lucha desigual contra Goliat, en su legítimo afán por conquistar su dignidad y derecho a labrar la tierra como su medio de subsistencia. Sus acciones han sido criminalizadas y puestos en el contexto de los medios de comunicación como vulgares delincuentes. No debe olvidarse que esta misma estrategia se siguió contra los grupos de lucha armada que pelearon por la dignidad del país durante 36 largos y cansados años.

Siete líderes de Codeca han sido asesinados hasta la fecha; no se sabe a ciencia cierta, aunque se intuye, por qué manos criminales. No se sabe cuántos más sucumbirán en esta batalla desigual, ante la cual, la población en general, obnubilada por el manto de la desinformación periodística, no logra ver en la obscuridad, con los ojos de la conciencia, lo justo de sus demandas. Algún día se hará la luz y esta cegará a los incrédulos. Quien tenga ojos, que mire.

viernes, 6 de julio de 2018

El efecto electoral mexicano



Algunos grupos rosa lila como los llaman Mario Roberto Morales y Matheus Kar, están haciendo cuentas de gran capitán.

El pasado 1 de julio, los mexicanos decidieron darle un nuevo rumbo a su país, eligiendo a Andrés Manuel López Obrador como su presidente. Pese a los vaticinios de fraude que algunos denunciaban, esta vez (la tercera, por cierto), AMLO se hizo con el poder y asumirá la responsabilidad de dirigir los destinos de uno de los países más poblados de América Latina.

Esta elección de verdad es histórica para los mexicanos ya que marca un viraje hacia la izquierda en la conducción del gobierno, lo cual abre rutas de esperanza para que, según las palabras del presidente electo, se aborden los problemas estructurales que han afectado a la mayoría pobre de aquel país. No sé si de verdad el nuevo gobierno aplicará la concepción de izquierda en la conducción de la cosa pública, porque, como dice el refrán popular, no es lo mismo verla venir que platicar con ella. Pero si esta ideología se aplica, en México cambiarían muchas cosas, marcadas por un creciente neoliberalismo que hace más pobres a los pobres y más ricos a los ricos.

De cualquier manera, estas elecciones abren un parteaguas en la historia de México en materia de cultura ciudadana. Las dos fuerzas políticas –el PRI y el PAN- que han hecho gobierno quedaron muy rezagadas en el espectro electoral. Será el nuevo presidente y su equipo de trabajo los responsables de ejecutar en el vecino país un pliego de reformas que resuelvan las dolorosas asimetrías entre quienes tienen mucho y quienes nada tienen, resultado de imponer el modelo del feroz y deshumanizante neoliberalismo, avalado por la rancia oligarquía.

En Guatemala, el giro electoral mexicano ha provocado ya las primeras reacciones. Algunos grupos rosa lila como los llaman Mario Roberto Morales y Matheus Kar, están haciendo cuentas de gran capitán, creyendo que, por ósmosis, aquellos cambios les allanarán el camino a triunfos electorales. Nada más alejado de la verdad, pues cada pueblo vive su propia dinámica, si no, ya estaríamos gobernados por la izquierda combatiente, tal como sucedió en El Salvador.

En el amplio espectro del desarrollo político y social, aquellas elecciones sí podrían producir algunos cambios en organizaciones de base, digamos, por caso, sindicatos (hoy de capa caída) y organizaciones campesinas. Con la victoria de AMLO se fortalece el Comité de Desarrollo Campesino –CODECA-, no para ganar, pero sí para posicionarse, ha indicado Matheus Kar en una breve charla. Por cierto, en un reciente conversatorio se abordó la participación de CODECA como una alternativa política y cultural al capitalismo.  

Los contactos y alianzas estratégicas que los líderes de esta organización, creada en 1992, puedan establecer con la dirigencia social del nuevo gobierno mexicano sí podrían incidir en un viraje de la política guatemalteca hacia el fortalecimiento de un movimiento de masas que, sin la contaminación dionisíaca ni cacifera, encuentre su propio derrotero como motor del cambio social.

miércoles, 4 de julio de 2018

Ave migrante


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Aquel cálido día del mes de abril entró en mi casa. Traía el ímpetu de un ave migratoria: directa, contundente y llena de ternura. Escogió el resquicio más profundo de mi alma y se posó, plácida, como si por siempre hubiese estado allí. El enjambre de estrellas que anida en sus ojos es lámpara en las horas mortecinas de mi tarde.


Ahora somos dos, compartiendo una quimera. No sé hasta dónde. No sé hasta cuándo.

viernes, 22 de junio de 2018

Ser niño en Guatemala


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Imagen de Google

Algunos de estos seres antisociales, rebeldes con razón, son revictimizados por un sistema jurídico que no ataca causas sino efectos.

En Guatemala, y quizá en cualquier parte del mundo subdesarrollado, ser niño no es una oportunidad para ser feliz. Al contrario, es una faceta de la vida donde se concentra la mayor carga de inequidad, irrespeto a la dignidad y atropello a los más elementales valores humanos, sin la menor oportunidad de defensa, debido a la vulnerabilidad propia de la edad.
Por donde quiera que usted camine mira casos de niños maltratados, vejados, ante la mirada permisiva de un sistema social alcahuete, poco vigilante, y hasta practicante de reglas de castigo corporal, moral y emocional, bajo el pretexto aquel que al hijo se le corrige con vara. ¿Recuerda usted las veces que sus padres descargaron sobre su pequeña humanidad aquellos golpes que lo marcaron de por vida? En un acto de amor hacia sus progenitores y hasta como un mecanismo de ajuste de su personalidad quizá usted justifique esos golpes aduciendo que le hicieron una mejor persona. En el fondo, sabe que fue una víctima de la colérica actitud de ellos. ¡Bienaventurados aquellos padres que educan con amor y sin violencia! 
Para 2017, el Instituto Nacional de Estadística (INE) proyectaba la población que se ubica entre los cero y los 19 años de edad en 8 millones 367 mil 642 habitantes en el país. De esta población infanto-juvenil, una considerable cantidad está ubicada en ese grosero 59.3 por ciento que representa la pobreza en Guatemala, en cuyo seno persisten las condiciones objetivas que ponen en situación de riesgo a los niños, niñas y adolescentes. Por supuesto, no significa que en hogares con mayores recursos no haya violencia; sin embargo, está más visibilizada y, por tanto, más controlada.
¿Quién ejerce la violencia contra esta población desprotegida? Me temo que muchos actores. En primer lugar, algunos padres que no asumen su papel con amor, responsabilidad y correctas normas de convivencia social. A veces, estimulados por la frustración y poco control de sus emociones, producto de carencias económicas y de un régimen de seguridad social integral, los progenitores “se las cobran” con sus inocentes retoños.
Pero también existe una telaraña perniciosa que cubre de inseguridad y violencia a la niñez. Por un lado, un Estado que no garantiza el mínimo de condiciones favorables para que esta crezca sin tropiezos de ninguna índole. Por otro lado, una creciente situación de descomposición social que ejerce violencia física, psicológica y moral a la ciudadanía, y dentro de esta, a los niños, niñas y jóvenes. Este nocivo círculo violento termina convirtiendo a algunos de estos en seres antisociales, rebeldes con razón, revictimizados por un sistema jurídico que no ataca causas sino efectos.
Para colmo de males, Donald Trump está contribuyendo a esta dura realidad que sufren muchos infantes y jóvenes, desarticulando el incipiente tejido familiar al separarlos de sus padres, en un acto de brutal deshumanización del coloso del norte. Aliviados están estos niños y jóvenes, y negro su incierto porvenir.

viernes, 15 de junio de 2018

De apóstoles y maestros

Publicado en el Diario de Centro  América el 15 de junio de 2018



Las ideas que impulsan en cada cerebro humano, tienen un efecto multiplicador en la sociedad en general.

Está próxima la celebración del Día del Maestro, la cual conmemora aquella gesta cívica donde los formadores salieron a las calles a protestar contra la dictadura de Jorge Ubico. Durante la represión de ese movimiento perdió la vida la profesora María Chinchilla Aguilar. Eran años en los que el maestro se había erigido en un símbolo de decencia y cuyo liderazgo se hacía sentir en todas las comunidades. La acción docente no se circunscribía a lo interno de las aulas; su labor trascendía toda la comunidad.
Hoy día las cosas han cambiado. De aquella figura cimera que era el maestro, ha caído en un rol depauperado. Nadie lo respeta y se le ve como un trapo viejo que apenas sirve para sacudir el polvo de este sistema social cada vez más deshumanizado. Existen, como siempre, buenas excepciones que recogen la bandera de la dignidad de lo que una vez fuera la figura docente en el contexto nacional. El resto es una adocenada masa amorfa que se define a sí misma como trabajadores de la educación, desde una óptica netamente economicista, laboralista.
Por supuesto que el maestro es un trabajador de la cultura cuyo estipendio debe estar acorde al rol que, como formador de niñez y juventud, le corresponde. Pero también debe ser un agente de cambio y, como tal, asumir su responsabilidad de formarse para formar. En un contexto más amplio, el maestro está llamado a recuperar el humanismo, definido este como la característica racional que nos hace diferentes a los demás seres vivos. Recuperar el humanismo para heredar a los estudiantes esa capacidad de pensar por sí mismos, cultivar su autonomía en la toma de decisiones en su vida personal y comunitaria, de manera responsable. Recuperar el humanismo para dejar de ser seres amorfos, presas fáciles de la manipulación, y transformar a la niñez y la juventud en verdaderos agentes de cambio social.
Esa es la tarea gigante que debiera asumir el magisterio nacional, y no solo conformarse con tenderse en el parque central esperando que el maná les fluya del cielo, o que un líder con aviesas intenciones los conduzca hacia un proceso de denigración como seres humanos y profesionales de una de las mejores tareas que un ser humano puede aspirar: transferir a las nuevas generaciones los saberes que, en materia de ciencia, tecnología y humanidades, hemos venido acumulando como especie. Ya lo decía José Martí, aquel insigne educador y poeta cubano: “Y me hice maestro, que es hacerme creador”.
No es pedir mucho, ni siquiera empujarlos hacia el apostolado. Es, ni más ni menos, que motivarlos a ganarse el jornal con la frente en alto, satisfechos de que las ideas que impulsan en cada cerebro humano tienen un efecto multiplicador en la sociedad en general. Del maestro depende, en mucho, el progreso o rezago de la sociedad. Los grandes países tienen grandes maestros, y, por lo tanto, esos conglomerados están listos para enfrentar los grandes retos que les plantea el futuro. ¡Feliz Día del Maestro!

La población indígena

Título original: Codeca Fuente: Imagen de Prensa Libre Siete líderes han sido asesinados hasta la fecha; no se sabe a ciencia cie...