viernes, 23 de septiembre de 2016

HOLA DESCONOCIDA

Publicado en el Diario de Centro América el 23 de septiembre

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Un rayo no cae dos veces en el mismo lugar; y estadísticamente es imposible que una persona se gane el premio mayor de la lotería dos veces seguidas.


Hace muchísimos años, cuando estaba en la flor de mi juventud me ocurrió algo muy particular. Era un día domingo de un mes veraniego. Había salido de mañana a comprar el periódico y a caminar un poco como solía hacerlo en esos días de descanso. Vivía en la zona 1 capitalina.

A la altura de la novena avenida y 17 calle de la zona 1, una muchacha joven se me acercó para saludarme. Tendría unos 25 años a lo sumo. Qué tal, me dijo. Hola, le respondí. ¿Puedo invitarlo a desayunar?, me dijo. Como habrá de suponerse, aquella extraña pregunta que provenía de una desconocida, joven, bonita, sola, me despertó un sentimiento de esos que enervan el celo del macho, y me dije para mis adentros: aquí hay oportunidad de pasar un domingo placentero.

Acepté de muy buena gana la invitación y entramos a la cafetería La Perla que teníamos enfrente. Nos sentamos, uno frente al otro pera vernos mejor. Escrutar la mirada de otra persona ayuda mucho a entender sus intenciones. Cómo te llamas, le pregunté. Ella me respondió, no importa mi nombre; tampoco preguntaré el tuyo.

Quiero aprovechar este momento para contarte mis penas, si no te molesta. Para nada, le dije; cuéntame. Con la mirada perdida en un punto de la mesa cuyo mantel rojo reposaba, adornado de flores multicolores, inició, entre sollozos, su relato. A medida que iba ahondando en el monólogo desolador de su existencia, yo solo alcanzaba a decirle, tranquila, tranquila.

El desayuno fue una especie de ritual de confesión que yo escuché con paciencia franciscana, en tanto aquel furor de macho iba desapareciendo y era desplazado por consejos y palabras de aliento. Ella, como pudo terminó su desayuno. Yo, como pude, terminé el mío. Pedimos la cuenta; al momento de pagar me llevé la mano a la bolsa trasera de mi pantalón para sacar mi billetera, y ella me dijo: disculpa, yo te invité, yo pago. Dejé que lo hiciera, no sin antes emitir mi protesta. Gracias por escucharme, joven desconocido, me dijo. Me dio la mano y nos despedimos amablemente.

Dicen que un rayo no cae dos veces en el mismo lugar; y que es estadísticamente imposible que una persona se gane el premio mayor de la lotería dos veces seguidas. Sin embargo, hace pocos días tuve una experiencia similar a esta que acabo de narrar.


Estaba tomando un café en un restaurante de un centro comercial, cuando se me acercó una señora de unos 50 años y me preguntó si podía acompañarme. Le respondí que con mucho gusto. Esta vez los celos de macho estuvieron reprimidos y tranquilos. La dama, entre llanto me comentó sus penas. Acaba de divorciarse y su esposo había ganado la custodia de sus hijos de 14 y 15 años. La tranquilicé dándole mis puntos de vista. Ellos ya están grandes, y seguramente después de algún tiempo, la buscarán, le consolé. Con aquella experiencia previa, no le pregunté su nombre y ella tampoco me preguntó el mío. Aclaro que esta vez yo pagué los capuchinos.

viernes, 9 de septiembre de 2016

HASTA QUE DUELA

Publicado el 9 de septiembre de 2016

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Si damos la mitad del pan que nos comemos, eso es solidaridad, pero si damos el bocado que nos sobra después de haber saciado nuestra hambre, eso es limosna.


Hace pocos días, el Papa Francisco elevó a la categoría de santa a la Madre Teresa de Calcuta. Como se sabe, en la tradición cristiana católica este acto se realiza después de examinar un expediente que comprueba varios milagros realizados por esta singular mujer que dedicó su vida a atender a los más necesitados de su país, la India.

No he sido religioso, ni mucho menos, y por lo tanto, no tengo autoridad para analizar este evento reciente que sin duda, constituye para los católicos un suceso significativo. Sin embargo, al margen de las creencias religiosas, veo en la figura de la Madre Teresa, la síntesis de lo que debe constituir un ser humano: sencillez, vocación de servicio, entrega a la causa de los más necesitados, búsqueda incansable de la paz como fórmula de convivencia social.

La ahora santa, una mujer menuda, de hablar sereno y con su atuendo de religiosa, hacía crecer su figura gigante sobre su decidida y recia voluntad de abogar por los más pobres. Fundadora de una orden religiosa a la cual logró transmitirle la vocación de servicio y amor al prójimo se constituye hoy en el centro de atención de quienes están a favor de su causa y por supuesto, quienes la adversan.

Teresa de Calcuta viajó por el mundo, se entrevistó con diversas personalidades y donde quiera que fuera, siempre anteponía su humildad, sinceridad y don de cristiana. Al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1979, en su discurso de aceptación expresaría una de sus frases más famosas: “el más grande destructor de la paz hoy es el llanto del inocente niño no nacido”. Con esta frase sentaría su posición en contra del aborto.

En uno de tantos viajes al extranjero, una vez se le acercó un hombre de negocios, quien había asistido a una reunión donde ella promovía su mensaje de caridad para los más necesitados del planeta. Madre Teresa, ¿hasta dónde debemos dar?, le preguntó aquel. Y ella respondió con firmeza: Hasta que duela. Esta frase dio la vuelta al mundo y constituye uno de los pilares del pensamiento de la santa. Como se sabe, muchas personas se conforman y tranquilizan su conciencia dando limosna a los necesitados; pero la convicción de dar no se restringe a repartir lo que nos sobra. La verdadera acción de dar es un acto de sacrificio personal a favor de los demás.

Si damos lo que ya no queremos, o aquello a lo que le hemos perdido el aprecio, en realidad estamos cayendo en punto muerto. No hemos dado nada. Pero si compartimos algo de lo que nos sirve para sobrevivir, habremos dado vida a otro ser humano a costa de nuestra propia vida o de nuestro bienestar personal. Precisamente la solidaridad consiste en compartir. Si damos la mitad del pan que nos comemos, eso es solidaridad, pero si damos el bocado que nos sobra después de haber saciado nuestra hambre, eso es limosna; y la limosna denigra la esencia del ser humano. Demos hasta que nos duela, seguros de que ese dolor se transformará a la larga en una satisfacción de vida y en un triunfo sobre la mezquindad del mundo.