domingo, 18 de noviembre de 2018

Oh, Padre Freud

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Padre Freud, vengo ante el diván de tu presencia
a develar los latidos de mi angustia. Tengo una
noche eterna enredada en lo profundo de mi alma.
Quiero escuchar tu voz, Padre Freud.
Quiero que me digas que la infancia robada
fue solo una broma de mal gusto. Quiero
saber si la callosa soledad que orada la piel
                                                             de mi nostalgia
es el rosario de plegarias no cumplidas.

Oh, Padre Freud, dime con cuántos días grises
se inundan los caminos de mi vida. Dame respuestas
a las causas de mis penas. Navega en lo profundo
de mis llantos, y dime que no estoy loco cuando
quiero conquistar la primavera.

Dime, Padre Freud, que son sólo pasajeras
las espinas que han cercado mis caminos. Quiero
renacer en la flor que presume su hermosura,
o en el agitado colibrí que surca el viento.

Te confieso, Padre Freud, que nunca he consultado
psicólogo, ni psiquiatra, ni sacerdote,
ni pastor, ni brujo, ni chamán. Esta es la vez primera
que me atrevo a caminar por los senderos escondidos
de dolores viejos, buscando respuestas nuevas
a mis viejas preguntas, queriendo remontar,
una por una, las malezas que se oponen a mis pasos.

Un reguero de recuerdos ya olvidados
se abren paso por las grietas oxidadas de la
existencia mía.

Oh, Padre Freud, te has dormido en tu diván
sin caminar apenas esta senda. Una voz inconsciente
se atraganta en los caminos de la infancia,
mientras, sueñas Padre Freud que me conoces,

                                                 y de mí, no sabes nada.  


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