sábado, 7 de enero de 2017

LA GRAN DIFERENCIA

Publicado en el Diario de Centro América el 6 de enero 2017

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Una persona puede tener mucho dinero pero si este ha sido adquirido de manera anómala, su valor como individuo es cero o menos cero.

En el campo de la competitividad empresarial e incluso en el aspecto individual, estamos sujetos a dos tipos de ventajas: las comparativas y las competitivas. Las ventajas comparativas son aquellas características que hacen posible que un producto sea preferido; sin embargo, al ser imitadas por otro productor, dejan de serlo. En el caso de las empresas que se dedican a producir tecnología, por ejemplo, lanzan al mercado productos cuyas características son imitadas al poco tiempo por la competencia, causando una pérdida de competitividad en las anteriores.

En cuanto a las ventajas competitivas son aquellas características duraderas en el tiempo que hacen que una empresa o producto sea preferido. Estas ventajas tienen que ver con características muy específicas que provocan fidelidad por parte de los clientes. Tales características pueden ser valores morales, éticos, estilo personal de administrar o servicio al cliente, entre otras.

En el ámbito personal las ventajas comparativas pueden tipificarse como aquellos rasgos físicos, económicos, circunstanciales y de otra índole que posee una persona pero que son pasajeros o fácilmente superables por otras. La edad, el peso, la talla, el nivel educativo, la situación socioeconómica o política son muestra de ello.

Las ventajas competitivas individuales son aquellos rasgos morales, profesionales, éticos o conductuales que hacen única a una persona, conformando el sello de su personalidad. Por ejemplo, entre dos profesores de matemáticas la ventaja competitiva de uno puede ser su estilo de enseñar la materia, la calidad de relaciones que guarda con sus estudiantes, su responsabilidad, puntualidad. En el otro profesor estas características pueden ser antivalores.

Estas ventajas, tanto comparativas como competitivas están relacionadas con el concepto de valor. Este último es el componente que da legitimidad y fortaleza tanto a una institución como a una persona. El valor no siempre está asociado al dinero, pero sí está asociado a características éticas, morales y de responsabilidad institucional o individual.

Así, una persona puede tener mucho dinero pero si este ha sido adquirido de manera anómala, su valor como individuo es cero o menos cero. En cambio, una persona puede tener muy pocos recursos económicos pero si es honrada, su valor es cien. En el primer caso, podría tener una ventaja comparativa que podría cesar en cualquier momento. En el segundo caso, la persona muestra una ventaja competitiva de primer orden.


Estos fenómenos se ven a menudo en el mundo político o en aquellos grupos cuya riqueza es de dudosa procedencia. Seguramente habrá observado usted a políticos que de la noche a la mañana aparecen con mucho dinero, poder e influencia; sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos pierden su patrimonio, tanto económico como aquellos valores que podrían ser heredados a su familia: la honradez, la ética, el honor y el prestigio. Ciertamente bienes intangibles pero que constituyen ventajas competitivas.

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