viernes, 18 de noviembre de 2016

NI TRABAJAN, NI ESTUDIAN

Publicado en el Diario de Centro América el 18 de noviembre


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No es fácil levantar un país cuya base social ha sido golpeada por fenómenos naturales y en medio de un clima de violencia extrema.

En Guatemala, ser joven tiene sus inconvenientes. No es tan fácil sobrevivir en un mundo donde escasean las oportunidades de realizarse como persona, tanto en lo laboral como en otros ámbitos de la vida. Quienes llegan a la mayoría de edad de pronto se encuentran en la encrucijada entre estudiar, trabajar o ambas cosas a la vez. Sin embargo, para un millón de jóvenes comprendidos entre los 18 y 30 años no se produce ninguna de las 3 opciones.

Por su situación de no trabajar ni estudiar se les llama NINIS, es decir, ni trabajan, ni estudian. Dicho concepto se comenzó a usar en Guatemala en el 2009, sin embargo, el fenómeno no es nuevo. Es sin duda, el resultado de desacertadas políticas de desarrollo, o la ausencia de estas, que garanticen una vida plena para todos los ciudadanos, especialmente la niñez y juventud. A esto se debe agregar dos hechos trascendentales en la vida nacional. Por un lado, el largo periodo de violencia que provocó el conflicto armado, el cual destruyó los vasos comunicantes entre la sociedad, y por supuesto, las oportunidades de inversión, tanto por capitales nacionales como extranjeros.

Otro hecho de suma importancia fue el terremoto de 1976 que dejó más de 23 mil muertos y una infraestructura literalmente en escombros. No es fácil levantar un país cuya base social ha sido golpeada por fenómenos naturales y en medio de un clima de violencia extrema, propiciada desde las estructuras mismas del poder público.

Estos y otros fenómenos socioeconómicos y políticos, tales como la pobreza y pobreza extrema, un sistema educativo diseñado para fracasar y no para preparar ciudadanos competentes, el escaso desarrollo económico del país, así como una visión del empresariado demasiado conservadora, amén de un prolongado y sostenido proceso de ruptura de las relaciones familiares, han provocado que hoy día esta masa que conforma la población económicamente activa, no tenga un empleo que le permita satisfacer sus necesidades básicas.

¿Si no trabajan, por qué no estudian? La pregunta tiene varias respuestas. Por un lado, el sistema educativo superior ha creado sus propios mecanismos que impiden el libre ingreso a quienes desean continuar sus estudios. Exámenes diseñados para hacer fracasar, quizá como una manera de filtrar a los potenciales estudiantes. Se debe reconocer que existe solo una universidad estatal virtualmente colapsada que no ha encontrado solución práctica al hacinamiento estudiantil. Esto ha generado una nueva categoría sociológica: Los SIN SIN, es decir, sin oportunidad para ingresar a la Usac y sin pisto para estudiar en una universidad privada, donde por cierto, cada vez son más altas las cuotas.


No debe extrañarnos que existan grupos de jóvenes que ante la falta de oportunidades dediquen su tiempo a holgar y a realizar actividades que les sirven de desfogue emocional y social, con la certeza que, de todos modos, sus padres asumirán los costos de su vida. Mientras tanto, observamos pasivamente cómo el país echa a perder lo mejor de su capital: su juventud.

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