viernes, 28 de julio de 2017

Ideología del consumo

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Por detrás y delante de estas modas, estuvo y estará la lógica del consumo.
Recuerdo que, durante el conflicto armado guatemalteco, especialmente en las décadas de los 70 y 80, ser de izquierda exigía una indumentaria especial. Usar pelo largo (preferiblemente sin bañarse), caites de cuero, barba crecida y un morral enganchado en el hombro eran signos distintivos de que se estaba en contra del imperialismo yanqui. Los lugares de concentración de la muchachada eran las cantinas de mala muerte porque allí se concentraba el proletariado y había que ser consecuentes con este.
Las muchachas, aunque con menos atavismos que los hombres, añoraban pertenecer a una clase social que, sin saberlo, estaba siendo presa del consumo. Música de protesta, poesía panfletaria, teatro experimental, artesanías de los pueblos originarios de América, eran, entre otros, los artículos que más consumía esta clase social emergente, y al mismo tiempo, divergente del statu quo.
Por supuesto que, en aquellos círculos intelectuales en los que nunca podría faltar la presencia de Baco, ni las notas reivindicativas de una buena trova, se dirimían diferencias ideológicas de corte socialista. Unos presumían de ser leninistas, otros, marxistas, algunos estalinistas, trotskistas, maoístas; otros adoraban a Castro y al Che hasta el paroxismo. Compañeros, decía una voz medio borracha, este divisionismo lo aprovecha el enemigo para debilitarnos. La unidad y lucha de contrarios…
Eran los tiempos de Violeta Parra, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Pablo Milanés, a quienes los jóvenes seguían a voz en cuello. El dolor se convertía en romántica canción de victoria; por aquellos que se fueron y por los que vendrán después.
Mientras tanto, en el escenario de los miembros orgánicos de la revolución, los comandantes daban instrucciones precisas de no involucrarse en estas prácticas “riesgosas”. La estrategia del orgánico era precisamente actuar como cualquier ciudadano común y corriente para no despertar sospechas. Apartarse de las “desviaciones”, tales como el consumo de alcohol, drogas y parrandas era casi una exigencia para los miembros orgánicos. La patria merece el sacrificio compañero, se remarcaba.
En la otra cara de la moneda, una fuerza de juventud desbordaba las discotecas de moda, los restaurantes, los lugares públicos de expendio de licor, adoraban la música rock, la cumbia, la salsa, querían conocer a Micky Mouse, vestían ropa americana porque eso les daba “clase”. Los restaurantes de comida rápida y los primeros “moles” comenzaron a ser sitios visitados con sumo entusiasmo por quienes se sentían clase aparte.
Y pensar que, por detrás y por delante de estas modas, estuvo y estará siempre la lógica del consumo, la única ideología que de verdad penetra todas las capas sociales y hace ver estrellas allí donde solo abundan los guijarros. Ayer, un joven guatemalteco residente en los Ángeles lucía radiante y orgulloso sus nuevos lentes Ray Ban.

viernes, 21 de julio de 2017

LA NOTICIA COMO ESPECTÁCULO


Internet les ha comido el mandado con la información del día.

Mario Vargas Llosa en su libro La civilización del espectáculo hace un análisis sobre la manera como se abordan hoy los asuntos públicos, en donde ya no importa la esencia de las cosas, sino su capacidad para entretener a la ciudadanía.

En las noticias por televisión se vive un fenómeno cada vez más generalizado: trasladar la información noticiosa como un espectáculo más, sumado al ya amplio espectro de la programación televisiva.

Aquellas funciones que se les atribuía a los medios de comunicación: informar, entretener y educar, son al parecer, las características de lo que una vez fue el ideal de los medios masivos. Los noticieros por televisión han pasado a ser solo sesiones de entretenimiento para el gran público que, a decir verdad, tampoco le interesan los noticieros porque se han informado ya a través de las redes sociales. Cuando llegan a su casa, su propósito es narcotizarse con un programa de violencia, deporte, humor cotidiano o su telenovela favorita.

Vaya usted a saber cuántas personas ven un noticiero televisivo. El Internet les ha comido el mandado con información todo el día. Como dirían los abogados: se han quedado sin materia. Esta característica de las masas es por supuesto, bien conocida por los dueños de los canales de televisión, y como respuesta han aplicado estrategias de manejo de la noticia con la misma receta con que se elaboran los programas de entretenimiento.

Este fenómeno no es solo nacional. Es más bien una mala copia de cómo en los países del primer mundo, especialmente del continente americano, tratan las noticias con un formato light o de espectáculo. Por supuesto, aquellos utilizan una cantidad de técnicas de abordaje de la información noticiosa con ingredientes humanos, anecdóticos y de contexto que de alguna manera les permite suavizar el contenido informativo.

En Guatemala, copiones como solemos ser, con poco tino y mucho empirismo, algunos noticieros televisivos transmiten al público un producto verdaderamente deficiente y ridículo. Pongo un caso concreto: en un noticiero de televisión, durante el pasado temblor que dejó varios edificios dañados y susto mayúsculo a la ciudadanía, una presentadora, llevándoselas de muy chistosita transmitía las novedades de personas del interior del país. “Y ahora tenemos el reporte de un vecino de Quetzaltenango”, decía con una amplia sonrisa, como si se tratara de la transmisión de la Caravana del Zorro.

Un reportero mal formado decía, con actitud triunfalista, luego de preguntar cómo se sentía a una señora que lloraba desconsoladamente a su hijo recién asesinado: “Es así como hemos llevado a ustedes el llanto de esta señora…” Por lo menos, los directores de dichos noticieros debieran indicar a sus presentadores, hombres y mujeres, que no siempre se debe sonreír ante las cámaras, y que hasta para fingir se debe ser profesional.

viernes, 14 de julio de 2017

GUSTAVO BRACAMONTE



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Ha dedicado medio siglo a cultivar este difícil arte de dibujar con palabras los más altos anhelos de la humanidad.
Conozco al poeta Gustavo Bracamonte hace casi medio siglo.  Arropados en el regazo de nuestro querido Instituto Normal para Varones de Oriente, Chiquimula, escribíamos y publicábamos poesía en el periódico del colegio. Éramos muy jóvenes entonces. Él promoción 72, yo, 73.
Por circunstancias de la vida volvimos a encontrarnos en la ciudad capital en los años 80. Cada uno había recorrido buen trecho en el campo académico. Gustavo se había decantado definitivamente por la poesía, en sus primeros años, de corte revolucionario; luego, una propuesta mucho más desarrollada y abarcadora que su primera etapa.
La producción del poeta Bracamonte sobrepasa los veinticinco libros, una producción considerada frondosa en un país cuyo común denominador es no producir nada o muy poco, y menos en el campo literario; y mucho menos, poesía. De sus libros más recientes están, entre otros: El recurso de la mirada, Mujer de piel blanca, Pájaro del atardecer, Tratado del deseo, País desnudo, Concupiscente, Cuarto oscuro, Poemas de invierno, Poemas de la plaza, Ventanas y Sodoma.
En los próximos días estará presentando su más reciente libro Instrucciones para morir, conformado por 25 poemas de muy alta calidad estética. Basten algunos versos para comprobar lo que afirmo: Repite cada hora estás muriendo/sin menoscabo/de alguna sonrisa sorpresiva que te den en la calle,/dilo como soltando la vida a pausas de aves siniestras,/sin quejarte del dolor de huesos o de hígado (Poema Repite estás muriendo).
En el poema Toma las cosas con desenfado, el poeta teje hermosos versos: La muerte es hermosa si te asomas a las tardes/sin el sentido de la vida/o la presión del trabajo o de la edad,/superficial como esas hojas/que llevan los ríos repletos de basura y/el viento juega con el anverso del tiempo.
Una característica nueva de la poesía de Bracamonte es que, en este nuevo libro, la metáfora es moderada; sin embargo, usa la ironía como recurso literario para dar un toque de integralidad a la totalidad de sus poemas, insinuando que se trata de un manual para bien morir: de hastío, de amor, de aburrimiento, de lo que sea, pero morir tranquilo, sin sobresaltos.
Este año diversas instituciones están promoviendo al poeta Gustavo Bracamonte para que el Ministerio de Cultura le conceda el Premio Nacional de Literatura.
Creo que es una iniciativa que está dirigida a reconocer los altos méritos poéticos y literarios de quien ha dedicado medio siglo a cultivar este difícil arte de dibujar con palabras los más altos anhelos de la humanidad, o decir, en una frase, toda la angustia, el dolor, el sufrimiento, pero también la esperanza de quienes no tienen más destino que las vagas promesas de políticos, fariseos y mentirosos de distinta estirpe.
En manos de Bracamonte, el Premio Nacional de Literatura adquiriría una estatura de grandes dimensiones en el concierto de la poesía mundial.

viernes, 7 de julio de 2017

Dislocación de la conciencia

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Ser revolucionario era seguir el ejemplo del Che, de Fidel, de Camilo, y en lo local, de la comandancia.
Durante el conflicto armado guatemalteco eran un referente de lucha revolucionaria, inspiradora de los más grandes sacrificios que puede hacer un ser humano en favor de reivindicar los derechos de los menos favorecidos. Desde su posición de liderazgo en la clandestinidad, hacían llegar su mensaje inspirador por medio de los vasos comunicantes que conformaban las redes de combatientes, colaboradores y la población que, directa o indirectamente, se veía involucrada en la lucha revolucionaria.
Ser revolucionario, entonces, era seguir el ejemplo del Che, de Fidel, de Camilo, y en lo local, seguir el liderazgo de la comandancia guerrillera, sin importar a qué expresión ideológica se siguiera: había, desde trotskistas, leninistas, marxistas, hasta aquellos que abrazaban las directrices de la Teología de la Liberación. Cada una de estas fuerzas tenía su propia cúpula dirigente. Todos, sin excepción, eran un dechado de virtudes revolucionarias, incorruptibles, solidarios y con su conciencia social bien puesta, como si fueran sus botas de combate.
No seguir las líneas que “bajaba” la comandancia, era un acto de rebeldía y de falsa conciencia. El revolucionario, se nos decía, es aquel que lucha por su pueblo, y en situación extrema, muere por su pueblo. Pero también “ser revolucionario” era no asumir conductas burguesas, ni mucho menos, la lógica del explotador. La música, la poesía, la pintura, el teatro y otras expresiones artísticas de protesta de entonces conformarían el aderezo del “performance” del ciudadano de izquierda.
En esa dinámica sociopolítica, murieron miles de combatientes, bajo aquella frase lapidaria de “mueren los hombres, mas no sus ideales”. Miles de hogares fueron desgarrados y solo quedaron viudas y huérfanos, cuyo destino fue siempre incierto, y muchas veces, funesto. Era el precio por “ser revolucionario” y seguir a pie juntillas, las instrucciones de “la comandancia”.

El velo se cayó cuando, una vez firmada la paz, aquel alegre 29 de diciembre de 1996, se derrumbó de tajo la imagen prístina, idealizada y sobre dimensionada de quienes tuvieron la responsabilidad de concluir, de un plumazo, sellado con estilográficas de oro puro, el Conflicto Armado Interno.
Poco a poco fue aflorando el cobre de aquellos líderes que creíamos eran de oro puro. Y en los años sucesivos, los vimos (cual mortales, al fin) asumir las actitudes y comportamientos burgueses que tanto combatían en la clandestinidad. Algunos con posiciones diametralmente opuestas a la doctrina que promulgaban.
¿Dislocaron su conciencia aquellos revolucionarios? ¿Traicionaron sus propios ideales? ¿Mancillaron la honra y el recuerdo de los miles de combatientes que murieron por una causa que ellos tanto pregonaban? Estas y otras preguntas quizá solo “la comandancia” y sus allegados podrían responderlas; o tal vez, la Historia, en su inmensurable látigo revelador, pueda dar una respuesta justa y certera a esta aparente falta de consistencia ideológico-política.

viernes, 30 de junio de 2017

SALUTACIÓN A CHIQUIMULA



-En su 196 aniversario, 29 de junio-

Dr. Carlos Interiano

Honorables autoridades municipales
Distinguidas autoridades universitarias
Distinguido público que nos acompaña
Buenas tardes

¡Qué grande eres, pequeña patria mía! ¡Solar sempiterno que dio cobijo a mis sueños de infante, de adolescente, de adulto! ¡Qué grandes los baluartes que forjan la empuñadura de tu estirpe, pequeña patria, Chiquimula, tierra de jilgueros!

Surgiste al estatus de Ciudad, aquel 29 de junio de 1821, por decisión de las Cortes de Cádiz de España. Mas, tu abolengo como centro cultural y económico de la región se remonta al momento mismo en que se produce el choque de las dos culturas hegemónicas que han pervivido por varios siglos: la cultura maya-chortí y los invasores españoles, quienes forjaron en esta región oriental uno de los principales enclaves culturales de toda Latinoamérica.

El tiempo es el mejor bálsamo para el olvido. Y de aquel choque cultural surgió una nueva manera de construir un ser social que nos caracteriza a los chiquimultecos, y en términos generales, a todos los habitantes del oriente del país. De España heredamos la franqueza, la fluidez en la conversación, la espontaneidad de nuestros actos, el sentido del humor; de los chortís heredamos el estoicismo para afrontar nuestros problemas y un sensacional apego a la tierra.

Ser chiquimulteco hoy, significa tener un sentido de pertenencia y sello indestructible de las raíces que formó el sincretismo cultural maya-chortí y español; y no es el color de la piel, ni las características físicas los principales signos distintivos. Es nuestra manera de hacer, de ser y de estar en Chiquimula, y tejer de sus valores, de sus colores, de sus sabores, de sus olores, un sello que nos es identitario. Ya lo decía Voltaire: “¡Cuán querida es de todos los corazones buenos su tierra natal!”.

De aquel sincretismo cultural, el oriental postcolonial tiene un perfil cuyas características más sobresalientes son, por supuesto, compartidas por los chiquimultecos. En este sentido, interactuamos con modismos, costumbres, giros lingüísticos, chistes, relatos, anécdotas, humor consuetudinario, un manejo altamente afectivo de nuestras relaciones, las mismas prácticas sociales, códigos estéticos afines, similares actitudes y conductas frente a la vida; en fin, una fisonomía que nos retrata como “oriundos de una misma región oriental”.

Han transcurrido desde aquella decisión histórica de las Cortes de Cádiz, 196 años de existir como Ciudad. Eres, querida Chiquimula, una respetable comunidad que ha cultivado en los entramados de su historia, un portentoso patrimonio cultural reflejado en tu quehacer educativo, literario, musical, político, comercial y en todos los órdenes de la vida ciudadana. Estos atributos te han merecido el título de “Cuna de la cultura de Oriente”.

Seleccionada por el general Justo Rufino Barrios, junto a la ciudad de Quetzaltenango, como los polos del desarrollo educativo en el país durante la Revolución Liberal, se funda en 1873 el Instituto Normal para Varones de Oriente, faro de luz de la intelectualidad guatemalteca y allende nuestras fronteras. Más tarde surgirían el Instituto Normal para Señoritas de Oriente y otras instituciones públicas y privadas que se han sumado a la encomiable tarea de trabajar sobre la cantera del pensamiento de hombres y mujeres de la región.

Por más de 196 años, tú has sido el centro cultural de Oriente, lugar añorado donde muchos jóvenes como yo, anhelábamos alcanzar para perseguir el sueño de ser maestros. Nunca podré olvidar mis días de estudiante en tu seno, lo cual me permitió tener una patria a quien amar; como decía Tagore: “La patria no es la tierra. Sin embargo, los hombres que la tierra nutre son la patria”. Y yo, un paria en la vida halló en tu gente y sus costumbres, un motivo para reencontrar mis raíces culturales.

En tus viejas calles empedradas de entonces, aprendí a caminar con paso seguro y mirar hacia el futuro sin incertidumbre; en tu clima encontré el calor humano que me convirtió en hombre nuevo; en las costumbres y trato afable de tu gente aprendí el secreto que ser chiquimulteco es ser esencialmente sincero, directo, alegre, solidario. Cuando un chiquimulteco habla lo escucha todo el mundo, porque no tiene nada que ocultar; de este tamaño es la relación franca que establecemos con nuestros semejantes.

A través de los años, y como producto de un natural desarrollo socioeconómico de la región, poco a poco aquellas casas solariegas han ido convirtiéndose en construcciones respetables a la altura de las ciudades más desarrolladas de Guatemala. En términos generales, tus hijos te han dotado de un vestido nuevo. En tu ambiente se respira un aire de pujanza económica como pocas ciudades del país, ubicándote como uno de los principales centros comerciales del Oriente. Con acertado tino, mi madre solía decir que, en Chiquimula, si piedras en dulce se hacen, eso se vende.

Hermosa Chiquimula, cuna de intelectuales que han dado brillo a las letras y la cultura en general. Crisol de hombres y mujeres valientes que han construido, a pulso y letra, un capital intangible de la Humanidad. En tus 372 kilómetros cuadrados cabe todo el esfuerzo y amor de tus habitantes por construir la pequeña patria, “La Perla de Oriente”. Séneca decía respecto a la patria: “Ninguno ama a la tierra porque es grande, sino porque es suya”. Y tú, eres sencillamente grande, “Maestra Eterna”. ¡Feliz 196 aniversario!


Muchas gracias.

viernes, 23 de junio de 2017

SER MAESTRO

profesor maestro
Al abandonar esa función transformadora de la sociedad, el maestro está dejando de ser útil como agente de cambio.
Aquella mañana del martes 25 de junio de 1974 quedó grabada en mi memoria. Era mi primera celebración del Día del Maestro. La junta de padres de familia nos había invitado a una refacción en la escuela. Los niños habían adornado el salón donde se llevaría a cabo el evento. Me sentí feliz por aquella experiencia inolvidable.
De eso hace ya 43 años. Había llegado a la escuelita un lunes 19 de marzo. Era un jovenzuelo cargado de sueños y tenía asignado segundo grado, conformado por 45 estudiantes, niños y niñas. A varios de ellos tuve que tomarles de la mano para desarrollar sus destrezas de escritura y perfeccionar su letra, a pesar de haber aprobado primer grado.
Tuve la dicha de haber escogido la carrera de mi vida, de la cual jamás he dudado. Creo que si volviera a reencarnar en otro cuerpo, indudablemente volvería a estar en esta noble profesión. Es verdad que no me he vuelto millonario porque ningún maestro lo es cuando se entrega en cuerpo y alma a su labor. De verdad, quien ame el dinero que se dedique a los negocios; quien ame la educación, que se resigne a vivir una vida modesta pero inmensamente rica en experiencias humanas.
Una estrofa del himno magisterial dice: ser maestro es llevar en el alma/ una antorcha de luz encendida. Y no sé si el contenido retórico de estos versos tenga algún significado para todo el magisterio, pues ya se sabe que algunos están en este gremio por inercia, porque no tuvieron otra opción de vida, pero en el fondo viven contando los días para obtener su jubilación.
Durante estos 43 años he visto de todo en el magisterio; cambios positivos y procesos degenerativos en esta digna profesión. En algunos he visto un espíritu de lucha por la dignificación del gremio, tanto en lo económico como en aspectos pedagógicos. En otros, he percibido una actitud negligente, perezosa, frente a los cambios que el país experimenta cada día.
En las comunidades, por muchos años, el maestro fue el centro que regía la vida social. Era además de mentor, el conductor de toda la dinámica social. Tenía por ello, un poder simbólico devenido de su actuar ético, humanístico y profesional. De verdad, era la luz que guiaba la comunidad. Quizá hoy, ese rol ha sido desplazado por cacicazgos insanos, delincuenciales. El maestro ha sido obligado a refugiarse en su aula, agazapado como aquella víctima temerosa de ser atacada por las fuerzas oprobiosas que rigen la vida actual.
Cuando hablo con un maestro, sea cual fuere el nivel educativo donde se desempeña, muchas veces percibo un dejo de resignación a dejar su viejo rol de líder social y educativo. Y al abandonar esa función transformadora de la sociedad, está dejando de ser útil como agente de cambio. Antes de llegar a este estado de conformismo es mejor cambiar de empleo. Maestro que no mueve estructuras no sirve para nada; perdón por la franqueza.
Un saludo en su día, a los maestros consecuentes, abnegados y comprometidos con el cambio social que reclama el país.

viernes, 16 de junio de 2017

MADURESCENCIA

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Se me está ocurriendo no celebrar el ”Día del adulto mayor“, sino el ”Día del madurescente“.
A la edad comprendida entre los 60 y 80 años se le ha llamado ancianidad. Hoy se le conoce con el eufemismo de madurescencia. Podríamos llamarla también adolescencia recesiva. Durante este período, el ser humano hace un esfuerzo por recuperar energía, vitalidad y ánimo para emprender algunas actividades que desarrolló en su vida juvenil o bien, que no pudo realizar y se quedó con alguna inquietud porhacerlas.
En muchos casos, esta edad se marca por un deseo irrefrenable por “volver al pasado” y en ese sentido, se realizan actividades que parecieran más propias de los jóvenes. En el plano del erotismo, por ejemplo, algunos hombres comienzan a vestirse con colores brillantes, usar pantalones ajustados (valgan los estereotipos), y, por supuesto, perseguir jovenzuelas. En este caso, la madurescencia se convierte en un mote más común: viejo verde. Con algunas señoras de juventud recesiva sucede algo similar.
Sea como fuere, esta etapa se convierte en la antesala a la senectud plena, en la que el ser humano inicia la cuenta regresiva de su paso por la vida, marcando con las cuentas del rosario todos aquellos actos buenos y equivocados que realizó. La energía se le está escapando y con ella se fugan también sus ganas de vivir. Acaso sea este el designio de la existencia humana.
Por un irrefrenable deseo de sorber la vida, algunos no disfrutamos nuestras etapas de desarrollo. Cuando tenemos 15, queremos tener 25; cuando llegamos a esa edad, queremos alcanzar 35 o 40. Llegados los 50, los motores de nuestra nave comienzan a compresionar y no queremos arribar a los 60, para no ser ancianos. Afortunadamente los ingeniosos expertos en la materia se las arreglaron para que ese arribo no sea tan traumático y nos llaman madurescentes.
En otras palabras, yo, que paso de los 60, no soy un anciano. Soy un madurescente; y esto me gusta porque me “da derecho” a parrandear, vivir la vida loca, ser impulsivo, correr de aquí para allá sin preocupación alguna. No lo hago, por supuesto, pero, a decir verdad, ¡cuánto quisiera!
Ser madurescente no es tan malo, al fin de cuentas. Muchos escritores famosos, por ejemplo, han iniciado su carrera literaria cuando pasaban de los 60. Algunos madurescentes han alcanzado la plena felicidad fundiéndose en ardorosos abrazos con una dama que no alcanza los 30. Claro que esto es como ganarse el premio mayor de la lotería. Aquí cobra sentido aquel famoso refrán popular: gato viejo busca ratón tierno. He de confesar que en esta suerte de juegos no he sido muy afortunado que digamos.
Se me está ocurriendo no celebrar el “Día del adulto mayor”, sino el “Día del madurescente”. A esa fiesta iríamos vestidos con colores llamativos, manejando poderosas motos o autos de carrera, exhibiendo nuestros míseros pellejos con camisas abiertas y chaquetas de cuero. Las mujeres irían peliteñidas, con faldas arriba de la rodilla, tenis de colores, labios pintados color fucsia, en fin, todo un atuendo de colegiales recesivos. ¿Se anima usted?

Poema: LAS RANAS Y LOS GRILLOS

El periodista Carlos Enrique Morales Monzón produjo esta versión de mi poema Las ranas y los grillos. Se los dejo